Estamos perfectamente acostumbrados a que en pruebas de comprensión lectora o de comprensión auditiva nos pidan que distingamos lo Verdadero de lo Falso. Nada menos. Como si la búsqueda de la Verdad no hubiera sido el problema fundamental de la filosofía de todos los tiempos.

Se nos dirá que estamos exagerando de mala manera, y que todo el mundo sabe que lo que se exige en las pruebas no es que juzguemos si un enunciado se corresponde o no con la Verdad Absoluta, sino que lo que tiene que hacer el estudiante es apenas decir si una frase es correcta o incorrecta en relación a un texto que haya leído o escuchado anteriormente.

Por poner un ejemplo, si en un examen de comprensión de lectura nos topamos con la frase “Muchos ancianos se han adherido al uso del brazalete porque desean mejorar su capacidad motora (V / F)”, la forma sensata de averiguar si esto es verdadero o falso no es viajar al lugar de la noticia y entrevistar a los ancianos uno por uno, sino ir al texto de arriba y buscar el pasaje que habla del asunto.

Así lo hacemos, y encontramos lo siguiente: “El perfil del comprador se ha ampliado a personas de edad, muchas con problemas de movilidad”.

Llega entonces el momento de decidir: ¿es verdadera o falsa la primera frase?

Bueno… Esto es embarazoso… Parece que tenemos un problema…

Los dos enunciados dicen cosas aproximadas, pero no exactamente iguales. ¿Nos regimos por el hecho de que son casi lo mismo y respondemos “Verdadero”, o nos apoyamos en el hecho de que lo que se dice es diferente y respondemos “Falso”?

Al final va a resultar que este tipo de pruebas, más que para evaluar la comprensión, van a ser más útiles como test de personalidad… Averiguaremos el porcentaje de personas dentro de un grupo que son más estrictas, rigurosas o incluso quisquillosas, y cuántas son más abiertas, flexibles o incluso laxas. Por otro lado, estos ejercicios serían tremendamente apropiados para generar debates en clase: despertarían la conciencia de lo difícil que es interpretar neutralmente lo que otros dicen, y de lo fácil que es tergiversar las palabras de los demás, incluso involuntariamente, en la vida cotidiana, en el periodismo, en la Historia.

Ahora bien, ciñéndonos a la prueba de comprensión de lectura en sí, coincidir con la postura de la persona que hizo la prueba (es decir, acertar la respuesta) va a ser cuestión de pura suerte. ¿Será el autor de la prueba una persona estricta o flexible, quisquillosa o laxa?

En cualquier caso, si la clave dice que la respuesta oficial para esta pregunta es “Verdadero”, el estudiante que desee impugnar la prueba va a contar con poderosos argumentos a su favor: el hecho cierto es que siempre que se modifique mínimamente la frase original, no se puede evitar una alteración (aunque sea mínima) del significado, a no ser que la prueba se limite a apuntar igualdades matemáticas o lógicas muy evidentes.

Llegados a este punto, planteo una pregunta para el debate: ¿a la hora de preparar pruebas de comprensión, no deberíamos dejar de lado la filosofía de las preguntas de Verdadero o Falso y elaborar otro tipo de ejercicios menos problemáticos?