Ese tiempo es muy variable y depende mucho de la forma de ser del alumno y del contacto que tenga con la lengua en el momento en que empieza a tener clases. Pero es interesante preguntarse también qué es lo que esperamos los profesores, parte importante en este proceso: que los alumnos vayan asimilando paulatinamente los contenidos de español que les vamos dando y que con ellos vayan sustituyendo los equivalentes del portugués en forma progresiva. Así, teóricamente, el alumno se va a expresar con los elementos que va aprendiendo en clase o conoce por otras vías y, cuando le faltan, recurre al portugués o a nuestra ayuda. Teóricamente. En la práctica, no es esto lo que sucede en muchos casos.

Hay alumnos que, pese a nunca haber estudiado, ya han tenido mucho contacto con nativos a través de su trabajo o en viajes y, con interferencias perfectamente disculpables, en la primera clase se sienten felices de tratar de hablar en español, pero ahora con alguien que los vaya corrigiendo. Nuestra tarea es, entonces, comenzar a limar las asperezas entre las dos lenguas que están presentes en el discurso de este alumno, teniendo cuidado de nunca desanimarlo por los deslices que pueda cometer. La fluidez es una facilidad que no debemos coartarle, a pesar de los defectos en la producción.

Por otro lado, hay alumnos que no tienen esa facilidad de asimilar lo que escuchan y reproducirlo, aunque con errores, o no tienen un contacto suficiente con nativos que los estimule. Así, es común que durante el primer período de clases el alumno se exprese casi todo el tiempo en portugués, evitando “arriesgarse” en una lengua que no domina y que no le permite, por el momento, manifestar sus ideas con todos los matices necesarios como lo hace en su lengua nativa. Cuanto mayor su perfeccionismo y deseo de expresarse con absoluta corrección, mayores son las trabas interiores que le impiden hablar con fluidez y hay que respetarlas. ¿Qué hacer? Siempre tenemos que reproducir en español lo que dice en portugués para que lo vaya grabando y para que esté claro que ese es el objetivo. Y en algún momento ese alumno nos sorprende: después de dos, tres o, a veces, más meses de clases, un día comienza a expresarse en la nueva lengua, y ¡lo hace muy bien! Parecería que precisó acumular una cierta cantidad de conocimiento para cristalizarlo y, una vez transformado en propio, comenzar a reproducirlo.

Aprender una lengua es como armar uno de esos rompecabezas gigantes de mil piezas (aunque la lengua tenga muchas más): al principio, con pocas piezas encajadas, solo tenemos noción de algunas pequeñas partes de la imagen que estamos montando, pero, a medida que lo continuamos armando y vamos uniendo esas partes con otras, empieza a tomar forma y no hace falta esperar a armar el rompecabezas completo para distinguir la figura y tener una idea del todo y de lo que nos falta. Apenas precisamos tiempo y, claro, un poco de paciencia.