A nadie le descubro nada nuevo al afirmar que Horacio Quiroga no idealizaba la naturaleza sudamericana, sino que veía la selva de Misiones como un territorio hostil e indomable con el que había que trabar un pulso permanente por la supervivencia.

De la misma forma, en los cuentos de Quiroga el río Paraná está lejos de ser el regato de aguas transparentes y cantarinas que pudiera atravesar un recobrado paraíso terrenal: el Paraná es, para Quiroga, un poderoso y temible río-monstruo, una espantosa y oscura anaconda de agua, una primitiva deidad de la naturaleza que a veces exige sacrificios humanos.

En el clásico indiscutible Cuentos de amor de locura y de muerte, el río Paraná juega un papel definitivo en los relatos “A la deriva” y “Los mensú”, aunque también aparece como vía de transporte en “La miel silvestre”.

“Los mensú” es una verdadera obra maestra, exigente, de un riquísimo español mestizo, con un final demoledor e inolvidable, que narra la historia de dos “mensualeros” que intentan huir por el río Paraná del régimen de trabajo esclavo al que están sometidos.

Por su parte, en el breve relato “A la deriva”, un hombre endurecido por la selva al que ha mordido una serpiente se lanza a navegar por el río para buscar la salvación.

Es en este cuento donde se recoge el siguiente párrafo que, con un castellano preciso como el ataque de una víbora, describe así el río Paraná:

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas, bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, atrás, siempre la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

  De esta manera, nos encontramos, en un clásico de la literatura hispanoamericana, con la descripción sobria y exacta de un paisaje… legítimamente brasileño. Y paraguayo. Y argentino. Porque el Paraná es frontera, pero es más bien costura. Porque el Paraná es muy ancho y cuando se navega por él, como hacen los personajes de Quiroga, el paisaje es uno solo, y no hay diferencia entre las dos orillas. ¿A partir de qué imposible línea en el agua se pasa de un país a otro? Navegando por el Paraná, el concepto de frontera se diluye y se tiñe de absurdo. El gran Paraná, uno de los mayores ríos de la Tierra, discurre perfectamente ajeno al significado que los diminutos seres humanos le atribuyen para dividirse entre sí.

A sus orillas, los humanos hablan con lenguas diferentes, pero hablan del mismo paisaje, del mismo territorio, y de la misma naturaleza humana.