Me eduqué en una escuela de monjas alemanas donde no había espacio para los problemas de los alumnos: el cumplimiento de las obligaciones escolares era inexorable y la atención en clase, imperturbable. No había situación ni carta de los padres que justificase la no presentación de un trabajo o el no haber estudiado para una prueba. A pesar del rigor y, supongo que en parte, gracias a él, crecimos. Sin embargo, todavía hoy se ven algunos ejemplos aislados pero parecidos; hace poco tiempo llegué a escuchar de una directora de una escuela de São Paulo que la situación reciente de una niña cuyos padres se habían separado y que había tenido que ir a vivir con terceros a otro barrio y escuela no debía ser tenida en cuenta para exigirle sus obligaciones como a los demás alumnos. Parecía que continuábamos en los años sesenta de tan absurdas que eran las palabras de esta mujer.

Sin embargo, las tendencias que afortunadamente predominaron en las décadas siguientes contemplan al niño que está por detrás del alumno y su entorno: todo lo que lo afecta incide en su rendimiento escolar y no podemos ignorarlo, siempre dentro de un contexto en el que debemos guiarlo para que consiga llevar su vida e ir haciendo sus tareas de la mejor forma posible. Al fin y al cabo, cuando sea adulto, también va a enfrentar problemas y va a tener que seguir cumpliendo sus obligaciones.

Un día ese adulto vuelve a ser alumno y llega a la sala donde tiene clase con un bagaje de problemas. Y entonces, ¿qué debe hacer el profesor de ese alumno adulto? ¿Ignorar la situación, rememorando los años sesenta? ¿Simplemente cumplir su obligación de dar clase e irse? ¿Ocuparse de sus propios problemas, que seguramente no le faltan?

Cuando conocemos a nuestros alumnos, una mirada nos basta para darnos cuenta de si están bien, si están contentos, si es un día normal o si, por el contrario, vienen tensos, si les acaba de suceder algo, si se sienten presionados. Llegan a la clase con problemas de los más variados: miedo de perder el empleo, una cantidad enorme de trabajo, desentendimientos con superiores o compañeros, problemas financieros, preocupaciones con los hijos, conflictos de pareja, algún miembro de la familia enfermo, padres con mucha edad, hijos pequeños, poco tiempo para sí mismos, un enorme cansancio… No es fácil motivar a este alumno, hacerlo “cambiar de estación” y sintonizarlo en la clase de lengua extranjera. Se necesita el mayor tacto para darle oportunidad de poder expresar un poco lo que le pasa, inclusive para que sepamos y podamos tomar la mejor actitud posible; en los días de hoy, en que se habla mucho y se dialoga poco, es increíble el milagro que puede hacer simplemente escuchar. Sabiendo cómo está y habiendo descargado un poco la tensión, podemos elegir en forma más adecuada la actividad del día: ¿seguir con el programa?, ¿optar por un punto más leve que exija menos concentración?, ¿elegir un tema que dé más oportunidad de expresarse?, ¿leer un texto sobre un asunto que sabemos que le gusta mucho?, ¿usar un video como recurso didáctico aprovechando la capacidad de las imágenes de atraer la atención? Es una decisión delicada, pero no regida por la pedagogía, sino por el viejo y muchas veces olvidado sentido común.