Una de las paradojas de nuestro trabajo como profesores de español es tener que enseñar algo que no solo es una anomalía del sistema de la lengua, es decir, que aunque solo fuese por analogía debería ser de otra forma, sino que tiene su origen en un uso incorrecto. Y que además, o precisamente por ello, es difícil para los estudiantes extranjeros, e incluso complica la vida a los propios hablantes nativos, tanto a la hora de expresarse en español (pensemos en los fenómenos del leísmo, laísmo y loísmo, comunes en extensas áreas lingüísticas en España) como al aprender otras lenguas. Se trata, en definitiva, del uso curioso de la preposición “a” con el Complemento Directo de persona.

El Complemento Directo se llama así, precisamente, por ir directamente unido al verbo, sin mediación de preposición. Por tanto, y de la misma forma que se dice “Siempre veo tu coche aparcado en la calle”, debería decirse *“Veo siempre tu hermano en la oficina”. Sin embargo, en un momento determinado de la historia de la lengua, los hablantes vieron la necesidad, al sustituir el complemento masculino por un pronombre, de diferenciar si la parte referida era un objeto (“Lo veo”) o una persona (*“Le veo”). Y a partir de ahí, al usar el complemento por extenso, pasó a incluirse la preposición “a”, que es la propia del Complemento Indirecto y cuyo pronombre correspondiente es, y siempre fue, “le”.

Existen numerosos ejemplos de elementos lingüísticos en español que no siguen la analogía. No solo las formas irregulares de algunos verbos (“roto” por *“rompido”, “devuelto” por *“devolvido” o “anduve” por *“andé”), sino también por ejemplo algunos adjetivos en grado superlativo (“paupérrimo” por *“pobrísimo”, o “antiquísimo” en lugar de *“antigüísimo”), que adoptan formas poco evolucionadas del latín conocidas como cultismos.

Lo que hace diferente la anomalía que supone el uso de la preposición “a” con el Complemento Directo de persona es que da lugar, como vimos anteriormente, a una confusión tanto de extranjeros como de nativos y, en este último caso, tanto en la propia lengua en determinadas áreas lingüísticas del español (el leísmo no está generalizado en el Centro y Norte de España y mucho menos en América) como a la hora de aprender otras. Así, de igual manera que determinados hablantes de español dicen “A mi profesor no le entiendo”, acaban por decir *“I don’t understand to my teacher” en inglés o, si estudian portugués, *“Não compreendem ao professor”.

Paradoja, anomalía, mal uso gramatical que se instala y pasa a ser considerado correcto…, el caso es que la preposición “a” con este complemento en español es una peculiaridad con la que hay que contar. Curiosamente, solo en español.