Volver al lugar donde nacimos y vivimos durante muchos años siempre es una experiencia muy curiosa. Nos pone frente a lugares donde pasamos momentos cruciales de nuestra vida, pero al mismo tiempo nos enfrenta a la persona que éramos y ya no somos más o, por lo menos, no es la misma; la esencia se mantiene, no cambia, pero la experiencia nos lapida. Entonces, con ese bagaje, vemos a la persona joven que fuimos y pensamos en las reacciones que tuvimos… ¡Ah! Si hubiéramos sabido lo que venía por delante… ¿habríamos actuado de otra forma? Con el pasar de los años, nos preguntamos cómo habría sido esa otra vida si no hubiésemos seguido el camino que seguimos. Pero ¿seríamos los mismos? Seguramente, no. Porque la vida nos habría esculpido con otras experiencias y el resultado final no sería el mismo. Claro, siempre mantendríamos aquella esencia de la que hablamos antes, pero la escultura final sería otra. Y digo escultura final, pero no hay escultura final, nunca terminamos de lapidarnos; mientras estemos en el mundo, las nuevas experiencias nos moldean. Así vamos coleccionando pasados y, cuando volvemos a las raíces, nos preguntamos, ¿cuántos pasados pasaron desde ese momento? Sí, tenemos muchos pasados y podemos identificarlos con la fase de la vida en que estábamos, el lugar en que vivíamos y las situaciones que pasábamos.

Volví a Buenos Aires una vez más, pero la vi diferente. ¿Era la ciudad o era yo? Probablemente las dos. La vi triste y envejecida. Los años pasaron para las dos. La vi dividida políticamente en dos, siguiendo el eterno destino de los argentinos, siempre enfrentándose entre dos fracciones que fueron cambiando a lo largo del tiempo, pero manteniendo la dualidad de la población. Yo también era una y ahora soy otra. La vi empobrecida después de tantas crisis. La vida en Brasil también se ha estremecido. La vi nostálgica y perdida. El alma argentina, por esencia, siente falta del pasado glorioso y avanza en el tiempo mirando siempre para atrás. El alma brasileña nos imprime optimismo mirando siempre hacia adelante. Sin embargo, algo hay en común: Brasil, siempre entusiasta, también está un poco perdido: conmovido por las cosas que pasaban y no sabíamos, conmovido por la desilusión de perder las referencias, conmovido porque el país del futuro encara un futuro incierto. Siempre pensé que Brasil es la encarnación del ave fénix y esta vez no puede ser diferente: renazcamos de nuestras propias cenizas y continuemos lapidándonos.