Al emprender el viaje se activa una mirada especial. La conciencia de estar viviendo momentos irrepetibles mantiene la atención en alerta permanente, todo lo anodino y cotidiano adquiere un brillo singular a nuestros ojos, y los más nimios detalles ganan un pase especial a la memoria permanente. Se da la paradoja de que la mirada del viajero, como una cámara fotográfica, transforma gestos repetidos a diario (un grupo de niños con uniforme escolar por el camino de tierra; una familia entera a bordo de una motocicleta mínima) en instantes únicos y excepcionales. Por otro lado, el viajero fugaz no deja de despedirse continuamente de todo, con lo que el entusiasmo esconde una cara oculta de melancolía.

Como los escritores de impresiones de viaje del siglo XIX, me propongo contar no lo que he leído o me han contado, sino apenas lo que he visto con mis propios ojos. O lo que he escuchado con mis propios oídos: detrás de mi asiento, en el autobús, una persona hace negocios en guaraní, por teléfono. Alcanzo a comprender que es un comerciante con conexiones en Bilbao. Otros teléfonos suenan aquí y allá, y se escuchan más conversaciones, familiares o profesionales, en guaraní. Me llama la atención, no obstante, que todos los carteles que nos vamos cruzando a lo largo de los kilómetros (publicidad electoral, productos, nombres de establecimientos comerciales) están en español. Aventuro que el español es la lengua de lo escrito (y la de lo que suena como si estuviera escrito) y el guaraní es la lengua de lo oral (y la de lo que se lee como si estuviera siendo escuchado).

El viajero es, inevitablemente, un comparatista de paisajes, y forma parte de su naturaleza el establecer relaciones con lo que ha visto en el pasado. El paisaje, no obstante, no sabe de fronteras, no irrumpe de golpe un paisaje nacional paraguayo, sino que hay una perfecta continuidad paisajística entre el sur de Brasil, Paraguay y el norte de Argentina: un permanente verdor de campos y pastos, árboles respetabilísimos, vacas reflexivas. Para los que crecimos en los secarrales del interior de España, el verde es sinónimo de riqueza, y esta tierra es indudablemente rica. Otra historia es la de cómo se distribuya esta riqueza. Eso sí, podrá haber mucha gente humilde en motocicletas por caminos de tierra, pero apenas se ve miseria: en seis horas de viaje, apenas una pequeña agrupación de chabolas de cartón y plásticos del lado izquierdo de la carretera. Resulta notable, en todo caso, el alcance de la hidroeléctrica Itaipú, financiando todo tipo de obras sociales a lo largo de los kilómetros, desde la frontera hasta el corazón de Asunción. Asimismo, resulta sintomático que la principal página web de turismo de Asunción esté subvencionada por el estado español.

Hay otro detalle que me llama la atención en el camino: una multitud de diminutas capillas a la orilla de la carretera, como para cobijar santos de juguete. Compruebo que estos pequeñísimos templos se colocan a la entrada de las propiedades, probablemente para invocar la poderosa protección del más allá. Los hay más humildes, y los hay ligeramente ostentosos, según la capacidad de cada cual. En un momento dado, sin embargo, nos apabulla la visión de la figura más llamativa de toda la carretera: una gran estatua policromada de la Virgen rodeada de banderolas, cual campeona indiscutible de un Campeonato Celeste en el que hubiera derrotado, implacable, a todo el santoral.

Por fin en Asunción, lamento que en el hostal nadie me pregunte el motivo de mi viaje, porque tengo la respuesta preparada: “Vengo a empezar a remediar mi inmensa ignorancia sobre este país”.