¿Nunca os ha pasado conversar con alguien, de vuestro barrio, de vuestro trabajo o incluso de vuestra familia, con quien compartís una misma lengua y un montón de referencias culturales y contextuales más inmediatas, y aún así tener la sensación de no estar siendo comprendidos/as? ¿Como si estuvierais diciendo una cosa y vuestro interlocutor estuviera oyendo algo completamente diferente?

Hay muchos motivos para la incomprensión mutua. Algunos tienen que ver con las ganas de entender (o no), con una predisposición previa al diálogo, que es absolutamente necesaria para comunicarse con alguien. En muchas ocasiones, lo que falla no es la lengua, el uso concreto de estructuras gramaticales o de palabras, sino cuestiones pragmáticas que tienen que ver con el comportamiento de una manera general. La interpretación, muchas veces contradictoria, del acto de habla que está siendo realizado en ese preciso instante. Lo que nos parecía una queja, pretendía ser una petición. Lo que queríamos que fuera una disculpa fue interpretado como una acusación.

Pero no pocas veces las causas de la incomprensión son más profundas. Tienen que ver con los marcos cognitivos que condicionan nuestra forma de entender el mundo. En un sentido más inmediato, esos marcos suelen manifestarse primero en el propio significado que atribuimos a algunas palabras, sobre todo a las connotaciones, los caminos del sentido que se abren con esos significados y que nos hacen ver la realidad de una manera específica. Pensemos por ejemplo en un sustantivo abstracto como LIBERTAD, que, como decía Beatriz, la niña de la novela de Benedetti, Primavera con una esquina rota, es una palabra enorme.  Cuando yo hablo de “libertad” estoy pensando en autonomía, en responsabilidad, y en las condiciones materiales que me permiten poder ejercerla efectivamente, garantizadas por el poder público. Otra persona, al hablar de “libertad”, puede pensar en la capacidad para comprar y vender, como ejercicio de autonomía individual sin ninguna mediación. A otra, aún, lo que le viene inmediatamente a la cabeza es la posibilidad de andar por las calles de una gran ciudad, en plena madrugada, sin miedo de ser robado, aunque para ello deba estar vigilado por cámaras de seguridad y por policías en cada esquina. O la posibilidad de realizar sus prácticas religiosas en cualquier momento, en cualquier lugar, sin límite de ningún tipo. Nuestras libertades tienen puntos en común, claro, porque si no fuera así no seríamos capaces ni de captar las diferencias, pero están, en la práctica, bastante distantes unas de las otras.

La publicidad comercial y política explota esas diferencias para vender sus productos/candidatos, identificando los marcos que organizan nuestra visión de mundo y distribuyendo los mensajes para hablarnos directamente de manera que podamos “comprenderlos”, como explica el lingüista norteamericano George Lakoff. Diferencias aparentemente irreconciliables tienen que ver con la forma como enmarcamos el mundo, por medio del lenguaje. La posibilidad de construir algún camino para el entendimiento también exige hacer el esfuerzo para comprender nuestras diferencias y ser capaces de dialogar con ellas. Es entre divergencias y consensos como se construye la convivencia. Y ese aprendizaje es fundamental para cualquier sistema educativo que se considere democrático.

Enseñar/aprender lengua no significa, como es evidente, agotar todas las posibilidades de comprensión, porque eso sería imposible. Pero bien que podría ser reflexionar, en voz alta, de forma explícita, sobre esas divergencias, por medio de la lectura y del debate, cuestionando los mensajes con los que nos bombardean desde tantos lugares. Para mí, la explicitación de esas diferencias ideológicas sería propia de una escuela apartidaria y no doctrinadora, como lugar para confrontar ideas y practicar la reflexión crítica, intentando entender las artimañas del lenguaje y luchando incansablemente para dominarlas. La escuela nunca debería ser un espacio para la reproducción acrítica de lugares comunes o para impedir el debate de ideas. Porque no hay democracia sin polémica. Pero tampoco hay educación sin democracia. Y ese debe ser el punto de encuentro, el consenso básico. Más allá, fuera de ese consenso, lo que se vislumbra es un mundo tenebroso.