En el siglo XVI, Juan de Valdés, autor de El diálogo de la lengua, polemizaba con Nebrija, el primer gramático del castellano, defendiendo que una lengua viva no se podía aprender por arte, sino por uso. El arte de la gramática era la técnica de raíz grecorromana que permitía construir un modelo reducido de la lengua, como una maqueta que simplificaba las líneas de la realidad, escogiendo de entre sus infinitos detalles sólo una pequeña parte. La palabra arte remite aquí a su equivalente griego techné, de donde viene técnica y tecnología, y forma palabras de origen latino como el sustantivo artificio (lo que se hace según un arte o una técnica).

Sí, la gramática es un artificio. Y como tal no puede ser confundida, sin más, con la lengua.

Uno no puede aprender a nadar leyendo un libro sobre natación, aunque este nos describa con todo lujo de detalles las condiciones físicas de la flotabilidad y los movimientos necesarios para propulsarse en el agua. Conocer los nombres de los diferentes estilos de natación y de las partes del cuerpo que deben ponerse en movimiento para avanzar tampoco sirve de mucho. En algún momento tenemos que lanzarnos al agua e intentar mantenernos a flote, practicando hasta conseguir coordinar los movimientos del cuerpo y poder avanzar sin hundirnos. Lo más prudente, claro, es practicar en aguas calmas y poco profundas antes de aventurarse en alta mar. En cualquier caso, no se le enseña a nadie a nadar con largas y detalladas explicaciones. Uno tiene que aprender por sí mismo, en el agua, empíricamente.

Lo mismo pasa con la lengua: hablar sobre ella no es enseñarla, aprenderla exige lanzarse en el proceloso mar de la enunciación. Aprender por el uso significa aventurarse en un mundo extraordinariamente diverso de enunciados, desarrollando estrategias para mantenerse a flote y garantizar, aunque sea mínimamente, la comunicación.

La lingüística moderna entiende la gramática como el conjunto de reglas implícitas utilizadas en la construcción de cualquier enunciado. Un proceso de aprendizaje de lengua basado en el uso no podría pautarse en “enseñar” contenidos gramaticales. Sin embargo, una adecuada educación lingüística en las escuelas puede y debe promover una reflexión gramatical localizada en enunciados concretos y contextualizados, para poder entender los mecanismos lingüísticos que producen sentidos socialmente. Además, no podemos olvidar que los discursos sobre la lengua forman parte de la vida en sociedad y que buena parte de esos contenidos gramaticales son objeto de juicios de valor por parte de los hablantes.

Esa reflexión gramatical no consiste en la simple reproducción de un modelo reducido de lengua, de una norma estándar que no forma parte de la competencia de ningún hablante y que difícilmente el/la estudiante va a encontrar en sus andanzas por el mundo real. Por otro lado, el intento de reproducir formalmente (por arte) algo de la diversidad lingüística dentro del idioma, tampoco debería llevarnos a enseñar, por ejemplo, esos paradigmas verbales imposibles en los que conviven sin explicación el con el vos, con el vosotros y el ustedes. Desde mi punto de vista, en un proceso de aprendizaje basado inequívocamente en el uso, la reflexión gramatical consiste en hacer explícita la gramática implícita de los enunciados realmente explorados en clase, producidos oralmente o por escrito. Solo así conseguiremos promover con nuestros estudiantes procesos significativos de aprendizaje de lengua, en lugar de quedarnos instalados en la comodidad de los resúmenes gramaticales que desde hace siglos ordenan los contenidos que deben ser enseñados. ¿Entonces qué? ¿Nos tiramos al agua?