No sé ni por dónde empezar porque el tema me indigna bastante. De antemano, estimo conveniente reconocer que respeto y admiro como se merece a la Real Academia Española (RAE), quien limpia, fija y da esplendor a una herramienta que utilizo desde que me levanto. Un instrumento ─la lengua─ que posibilita, nada más y nada menos, que nos comuniquemos; que podamos decir cosas como <<esta boca es mía>>, <<bajo el ala aleve del leve abanico>> o <<ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto>>, por ejemplo.

Vaya por delante, antes de continuar, mi aplauso para los académicos por registrar en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) las palabras que ellos estiman pertinente dentro de las que con mayor frecuencia se repiten en la calle. Antes bien, y como autoridades lingüísticas que son, deben ser juiciosos y poner coto ante la inclusión de nuevos vocablos. A día de hoy, tengo la inquietante sensación de que todo vale y de que cualquier palabra, por ende, puede ser incorporada al Diccionario.

Y es que la RAE, en mi opinión, patina con más frecuencia de la deseada por sus devotos seguidores, numerosos y entre los cuales me hallo. De un tiempo a esta parte, la noto vacilante y errática ─timorata, incluso─ de acuerdo con lo que de ella se espera.

Así, mi otrora admiración hacia tan docta casa se ha visto paulatinamente difuminada hasta su desaparición gracias a los últimos bandazos que ha tenido a bien dar. Aunque esté sometida ─se defienden ellos desde dentro─ al imperio de los hablantes, al uso que hacemos de la lengua, no dejan de ser los académicos quienes rigen y gobiernan ante tanto deslenguado usuario; son ellos, y no la calle, quienes llevan a Pleno y someten a debate los centenares de palabras que les llegan en forma de propuesta; en definitiva, ellos aprueban o desaprueban las palabras que formarán parte del Diccionario académico.

Así pues, y viendo los últimos designios que está tomando la Academia, no me atrevo a corregir el yerro de quien me rodea, costumbre que tenía por norma, puesto que lo que hoy es incorrecto, mañana puede comenzar a cobrar tintes de propuesta autorizada.

Permitidme ahora que destaque ciertos pasos que, en mi opinión, la Academia nunca debió haber dado. La supresión de la tilde diacrítica tanto de la palabra solo como de los demostrativos este, ese y aquel, con sus respectivos femeninos y plurales, no hace sino enturbiar la comprensión de un mensaje dado, verbigracia:

 

Alejandro juega solo al ajedrez.

 

Cierto es que con un simple cambio en el orden de los elementos de la oración, la anfibología derivada de la palabra solo desaparecería, pero ateniéndonos al ejemplo que nos ocupa, la tilde diacrítica eliminaría por sí sola cualquier atisbo de confusión semántica.

Se equivoca la Academia cuando en la propia explicación de esta decisión mantiene que <<se podrá prescindir de la tilde en estas formas incluso en casos de ambigüedad>>.

A continuación, enumero una serie de palabras que incomprensiblemente para mí, se han hecho un hueco en el Diccionario académico: otubre, cederrón, apartotel, friqui, asín (esta me encanta), bluyín, arremangarse, etc. ¿Y por qué no arrascarse, RAE?

Descanse en paz la etimología de unas palabras sí, y de otras, de momento, no.