La tensión entre las exigencias de la conciencia moral y las operaciones del yo es sentida como sentimiento de culpa. Los sentimientos sociales descansan en identificaciones con otros sobre el fundamento de un idéntico ideal del yo.

Sigmund Freud

La forma como nos expresamos nos constituye como sujetos, siendo un elemento fundamental de nuestra identidad, pero las prácticas lingüísticas son también en cierta medida controlables y, por tanto, modificables. Esa doble y ambigua característica de lo lingüístico alimenta la vieja polémica sobre las nociones de adquisición y de aprendizaje, que acompaña algunas de las discusiones más intensas e interesantes de la psicolingüística y de la lingüística aplicada. ¿Dónde termina una y empieza el otro? ¿Hasta dónde llega el grado de consciencia sobre nuestros usos? ¿En qué circunstancias y cómo incorporamos nuevas formas lingüísticas o nuevas lenguas? Porque la lengua que hablamos es algo profundamente íntimo, pero también es incuestionablemente social. La percibimos como propia e inalienable y al mismo tiempo la compartimos, en cierta medida (siempre en cierta medida), con una comunidad de hablantes, en la cual nos identificamos.

Mientras que uno no puede cambiar el color de su piel o sus rasgos físicos más marcados (a no ser con una altísima y compleja inversión en cirugía plástica), se considera perfectamente normal esperar que algunas personas cambien su forma de hablar. Si no lo hacen, o no lo hacen completamente, porque siempre quedan marcas que denuncian (a veces, solo en el acento) el origen humilde, la culpa es toda suya.

El discurso de la meritocracia, propia del individualismo neoliberal, que hace tabula rasa de los condicionamientos sociales para explicar el éxito económico de cada uno en términos de valor y esfuerzo personal, puede aplicarse fácilmente a lo lingüístico. Dentro de esa lógica, cada uno es responsable de “agregar valor” a sí mismo en el mercado de trabajo, invirtiendo en el aprendizaje de lenguas de peso y/o de variedades que nos permitan mejorar de vida. En esa carrera de todos contra todos, quienes sufren estigma social por su forma de hablar acaban siendo culpabilizados por la discriminación que padecen. Poco importa que todo hablante sea, por principio, competente en “su propia lengua”, como nos enseña, con su ñoña sensatez, la lingüística contemporánea; lo que se valora es su capacidad para adecuarse a lo que los grupos sociales dominantes interpretan como siendo el buen uso. O el buen idioma.

La discriminación de las variedades estigmatizadas, que suelen ser presentadas en este tipo de discurso como formas “deficientes” de la Lengua (sí, con mayúscula), es la coartada perfecta para mantener a amplias capas de la población en situación de exclusión, sobretodo cuando no se ofrecen condiciones para garantizar un mínimo de igualdad de oportunidades de estudio y aprendizaje de otras variedades. La promesa de la ascensión social a través del cambio de variedad o de lengua también funciona como una poderosa ilusión para disfrazar el abismo de la desigualdad económica.

Ese uso de lo lingüístico para la discriminación social actúa de forma parecida cuando se aplica a la diversidad dentro de una misma lengua o a la relación desigual entre lenguas distintas. Hay, sin embargo, una diferencia importante entre ambos casos. La noción de comunidad, con su evidente peso identitario, es mucho más acentuada cuando la persona reconoce que habla un idioma diferente del socialmente dominante. El sociolingüista occitano Robert Lafont llamaba “culpabilidad sociolingüística” a ese sentimiento de inferioridad que acompaña el proceso de minorización lingüística y que puede llegar a padecer toda una comunidad de hablantes. Las reivindicaciones políticas de las minorías lingüísticas tienen en su horizonte, precisamente, romper ese proceso de inferiorización de sus lenguas, conquistando funciones sociales de prestigio para ellas. Para conseguirlo deben empezar por librarse de esa maldita culpa. Suelen hacerlo intentando aplicarse a sí mismas altas dosis de autoestima lingüística.

El lingüista catalán Jesús Tuson comenta un caso interesante en Mal de llengüas, un libro que tuvo una enorme influencia en mi formación, que leí y releí con placer cuando estaba en el instituto. En una conferencia sobre la demolingüística del español, Gregorio Salvador, que fuera presidente de la Real Academia de la Lengua Española, alababa el número exorbitante de sus hablantes y se preguntaba quién en su sano juicio renunciaría a usar ese instrumento lingüístico millonario… Lo del sano juicio no es exageración. Hablar lenguas menores, o variedades estigmatizadas, pasa a ser considerado, desde ese punto de vista, una anomalía, una locura, algo que puede y debe ser subsanado, por nuestro propio bien.

Gregorio Salvador contaba, en ese sentido, una historia escalofriante. En 1921, una inmigrante lituana, al desembarcar en Filadelfia, perdió entre la multitud a su hijo de corta edad. La mujer, que en su desespero se quedó deambulando por las calles gritando, llorando y pronunciando “sonidos ininteligibles” (sic), fue detenida por la policía, llevada a comisaría y posteriormente ingresada en un hospital psiquiátrico, donde pasó 48 años encerrada. Después de todo ese tiempo de reclusión forzada, una enfermera de origen lituano reconoció la lengua, que a esa altura la pobre mujer, inmersa en una inimaginable soledad lingüística, solo acertaba a musitar ocasionalmente cuando hablaba consigo misma, y pudo comprender su sobrecogedora historia.

Lo curioso es que Gregorio Salvador responsabilizaba de esa terrible desgracia a la lengua lituana, en aquel momento minoritaria dentro de la Unión Soviética y hoy oficial en el Estado independiente de Lituania, por tener pocos hablantes. En realidad, si tomamos en serio el argumento, la culpa sería de la propia mujer, por hablar lituano, dado que las lenguas no son seres con capacidad de acción ni con conciencia. El conferenciante aprovechaba, entonces, para tranquilizar a su público, diciendo que, si la mujer fuera hablante de español, una enfermera puertorriqueña habría resuelto la situación en pocas horas.

En su conferencia no identificaba ninguna culpa en la violencia del proceso migratorio, en la ignorancia e insensibilidad de la policía estadounidense (que, cegada por su propio monolingüismo, era incapaz de concebir que alguien pudiera hablar una lengua diferente de la inglesa) o en la pavorosa crueldad de la psiquiatría manicomial de aquella época. Muy al contrario, lo siniestro, para el lingüista español, serían esos movimientos de reivindicación de lenguas minoritarias, por intentar transmutar la babelización “de maldición divina en bendición cultural”. No hay manera. Cuanto pensamos que estamos hablando “solo” de lenguas, se nos mete por el medio la religión, la psiquiatría… la culpabilización de los débiles.

Al comentar el caso, Tuson rechaza ese relato religioso que considera la diversidad lingüística como un atentando contra el Altísimo, y reivindica un poco de comprensión y ternura con los hablantes minoritarios o estigmatizados. Por algo muy simple: nadie habla “su” lengua con la intención de molestar u ofender a nadie, la habla porque es suya, tan suya como la lengua multimillonaria lo es para sus propios hablantes.

Una política lingüística igualitaria debe crear condiciones para que todo el mundo pueda ampliar su repertorio lingüístico, con el aprendizaje de formas de prestigio (siempre contingentes) de su propia lengua y de otros idiomas. Ahora bien, no debemos perder de vista que la discriminación lingüística es una dimensión especialmente perversa de otras discriminaciones, porque les sirve de coartada. Por ese motivo, como no se cansa de decir, aquí en Brasil, Marcos Bagno, la lucha contra los prejuicios lingüísticos es indisociable de luchas más amplias por derechos sociales.

En el mundo más justo que deseamos nadie se sentirá culpable por hablar como habla.