En mi post de este mes, quisiera tratar de un tema que me parece extremadamente importante para nosotros, profesores de español y formadores de profesores: en concreto, me refiero a nuestra identidad. En los cursos de formación del profesorado, siempre hay muchos interrogantes relacionados con qué enseñar y cómo hacerlo, pero además de esos cabe la pregunta que qué significa ser profesor y ser profesor de español en nuestro contexto social, humano, político, cultural, histórico.  En otras palabras,  qué significa ser profesor de español y cómo se conforma nuestra identidad profesional a lo largo de nuestra formación y tras nuestra práctica diaria.

En este mundo cambiante, con su complejidad,  nosotros construimos (o no) significados y atribuimos valores a nuestra profesión. Así, si  en nuestra trayectoria  sumamos muchos saberes, desde aquellos relacionados con las teorías y con el conocimiento científico que trasciende el sentido común, de modo análogo somos resultado de las experiencias que vivimos y de las distintas interacciones en que participamos.  De ahí que los saberes que componen nuestra formación son de diferente tipo, están relacionados con distintas competencias y pautas de acción.

De ese modo, nuestra identidad profesional se va constituyendo a lo largo de nuestra formación inicial, pero no acaba en esa. La formación inicial, sin embargo, cumple un importante papel y hay una estrecha relación entre nuestra trayectoria formativa y los procesos formativos y la propia subjetividad del individuo.

Es por medio del contacto y de las experiencias con los demás, en los distintos entornos en que actuamos, que vamos ajustando nuestras perspectivas y modos de actuar  y vamos observando cómo la realidad nos desafía a buscar y a responder, de manera crítica y responsable, a las distintas y múltiples cuestiones que se nos imponen. En este sentido, nuestra identidad resulta de nuestro itinerario profesional, de los esfuerzos que despendemos en comprender quiénes somos y cuál es nuestra relevancia como profesionales dedicados a la enseñanza y al aprendizaje. Forman parte de nuestra identidad la coherencia de principios que sirve de norte para nuestra acción y los distintos roles que podemos desempeñar: como mediadores del conocimiento, de las lenguas y culturas en contacto; como incitadores del aprendizaje; como potenciadores de la autonomía de los aprendices; como facilitadores del aprendizaje. Desde esa perspectiva, se destaca la necesidad de tener claro cómo esos roles se integran a la acción docente y cómo se integran a los demás componentes del proceso de enseñanza. Así, esos roles tienen que estar asociados a situaciones específicas de aprendizaje, a objetivos y contenidos definidos bien como a propuestas metodológicas consistentes y conectadas con el contexto en que efectivamente se concretan.