El tema de las metodologías activas está por todas las partes. A mí, particularmente, me suena muy bien, tengo ganas de salir probando esto o aquello a ver como me sale o como les sale a los alumnos. Me parece siempre muy natural encontrar una manera distinta de llevarle al estudiante un tema nuevo, de ponerlo en el centro del proceso de aprendizaje – o hacerlo protagonista, como prefieren algunos. Por veces no entendí cuando decían de lo imposible que era intentar algunos nuevos arreglos en sala. Hasta el día que me puse a pensar y me di cuenta de que, para quién enseña otro idioma, crear situaciones – aunque fantasiosas – que se acercan a otras realidades es un ejercicio constante. ¿Y no es eso que tenemos que proponerles a los alumnos? ¿Proponerles problemas y ver cómo se arreglan para resolverlos?

Entiendo de la dificultad que puede ser imaginar, por ejemplo, una clase maker de español. Quizá esto suene mejor para el área de ciencias… ¿Será?

Recuerdo que, hace muchos años, me junté a una gran amiga, profe de producción de texto, para un trabajo que, en la época, nos parecía más entretenido que una clase convencional. Ella, que dictaba clases de portugués, estaba estudiando con los alumnos los textos instruccionales. Yo, profe de español, estaba trabajando el vocabulario de alimentos. Pues… si las recetas culinarias son textos instruccionales, ¿por qué no juntar las dos cosas?

Traducir recetas estaba completamente fuera de mis ideas sobre trabajar el tema. Entonces, ¿qué hacer? Pedirles a los alumnos que creasen una receta nueva, basados en sus gustos personales. Y, por supuesto, que la redactaran en español, para practicar un poco.

Pero queríamos que los chicos y chicas estuvieran seguros de que sus creaciones merecían ser registradas en papel, para durar más que los pocos momentos de una clase. Para eso, tendrían que probarlas. Y para probarlas, tendrían que prepararlas…

Así hicimos: primero, decidimos que las recetas serían con frutas, pues no tendríamos donde cocinar. Luego, los muchachos y muchachas crearon las combinaciones más excéntricas – y dulces – que podríamos imaginar. Logramos liberar un laboratorio de ciencias para el experimento y, tras desinfectarlo con mucho cuidado, apuntamos el día de la clase. Mi amiga y yo salimos recogiendo todos los electrodomésticos portátiles que teníamos en casa y que podrían ser útiles a nuestros alumnos y llegamos allí sin saber qué nos esperaba.

Sorpresa y alegría: algunos de los muchachos y muchachas nunca habían encendido una licuadora; algunos nunca habían lavado vasos o cubiertos… otros, nunca habían pelado una fruta. Atentos a sus recetas, fueron mezclando ingredientes y preparando jugos, ensaladas de frutas, malteadas… Recetas listas, hora de probarlas, a ver si el sabor era bueno. Prueba hecha, hora de arreglar todo, para cuando otra sala llegara. Así nos pasamos toda una mañana.

¿Aprendieron español? De verdad, no lo sabré decir. Pero una de las cosas que no me olvidaré jamás es que, en el grupo en que había un muchacho diabético, sin que nosotras, las profes, lo pidiéramos, aparecieron ingredientes sin azúcar para que hubiera también una versión diet que él pudiera probar. La empatía, que forma parte de los soft skills tan en boca hoy día, estaba allí. Así como el trabajo en equipo, la organización. Así como la alegría de poder hacer algo, de verdad…

Crearon, planearon, realizaron, compartieron, probaron. Arreglaron lo necesario y registraron por escrito sus invenciones.

O, para seguir la espiral del pensamiento creativo, construida por Mitchel Resnick, estudioso del MIT, imaginaron, crearon, jugaron, compartieron, reflexionaron… Y podrían empezar todo de nuevo. ¿Valdrá cómo maker?