La incorporación de los conocimientos sociolingüísticos a la enseñanza ha contribuido enormemente para el desarrollo de la educación lingüística. A veces, sin embargo, la simplificación de sus principios acaba produciendo algunas mistificaciones, perfectamente evitables. Una de ellas, bastante irritante para este que os escribe, es la idea de que si se debe aceptar la variación lingüística es porque, simplemente, “lo importante es comunicarse”. Me resulta irritante porque parte de una idea banalizada de lo que sería la “comunicación”: supuesto trasvase de un mensaje previamente formateado entre un emisor y un receptor, concebidos como entidades maquinales que se lanzan palabras como objetos que representan el mundo. Esa idea de comunicación se olvida de que a través del uso del lenguaje nos constituimos como sujetos sociales, que negociamos nuestras identidades por medio de la interacción. No considera tampoco que los sentidos se construyen en ese proceso de interacción y no tienen existencia previa, pre-lingüística, como si estuvieran en algún lugar a la espera de las palabras que los expresen. El lenguaje no es un simple vehículo del pensamiento, un puro instrumento de comunicación, porque no hay pensamiento sin lenguaje. El cómo se dice y el qué se dice son indisociables.

Una sociolingüística que concibe la variación como simple correlación entre variables lingüísticas y sociales es, en parte, responsable por otra idea que, desde mi punto de vista, simplifica (y, por tanto, mistifica) ese fenómeno social: la idea de la adecuación lingüística. Según ese principio, todas las variantes serían aceptables siempre que fueran adecuadas a su contexto de uso, como si el mundo social fuera un espacio con compartimentos perfectamente delimitados, con jerarquías bien definidas y casi permanentes, con normas de comportamiento lingüístico categóricas. El/la hablante debería, entonces, adaptarse maquinalmente a cada situación concreta para escoger entre todas las variantes disponibles aquellas que son realmente aceptables, es decir, correctas en su contexto. No es extraño que parte del profesorado de lengua más conservador haya adherido con entusiasmo a ese concepto de adecuación, para sustituir la vieja y oxidada idea de “corrección” lingüística. Debieron de pensar como el protagonista de El Gatopardo de Lampedusa: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Cambiamos la “corrección” por la “adecuación” y nos quedamos como estábamos.

Claro que existen normas sociales que condicionan en buena medida nuestros usos lingüísticos. Pero esas normas son bastante fluidas, son dinámicas, van cambiando con el tiempo, acompañando los cambios sociales. Además, las incorporamos en la práctica (como un “habitus”, que diría el sociólogo francés, Pierre Bourdieu), sin tener plena consciencia de ellas, sin que sepamos explicarlas muy bien. Un buen ejemplo serían las formas de cortesía. Podemos enunciar algunos principios que regulan el uso del “tú” y del “usted”, como la distancia social o la edad, pero son innumerable los matices y los sentidos que puede tener en una situación social concreta el hecho de escoger una forma u otra. Y es algo que solo se aprende en la práctica, digan lo que digan tantos materiales didácticos que intentan aprehender todos sus usos, como si quisieran retener el agua entre las manos.

La aplicación automática de la idea de “adecuación” también olvida que dominar las normas sociales de uso lingüístico supone jugar con sus límites, ir hasta donde esas mismas normas dejan de tener sentido. Transgredirlas puede decir muchas cosas. Hacerlo a propósito es una forma de actuar en el mundo. Uno de los (legítimos) objetivos de la transgresión puede ser, por ejemplo, incordiar. O denunciar un orden injusto. Eso es lo que hace el movimiento feminista al violar las reglas sociales de la concordancia de género para evitar el masculino extensivo, inventando un tercer morfo (alumnes) o repitiendo exhaustivamente dobletes (alumnas y alumnos) o creando flexiones hasta entonces no usadas (portavoza). Como dice el lingüista José del Valle, esa politización del uso nos perturba porque constituye, precisamente, una política de la incomodidad.

Ser inadecuado también es hablar cuando las normas sociales nos indican que debíamos permanecer callados, o ser inconveniente y decir lo que no se debería decir en un determinado lugar. Escoger la inadecuación, en ese sentido, es como una forma de desobediencia civil. Podemos ser inadecuados calculando o no las consecuencias. Lo que está claro es que la transgresión siempre tiene consecuencias. Y es necesario estar dispuesto a asumirlas. El ejercicio de la libertad nos pone ante un dilema primordial: contribuir o no, y en qué medida, a un orden social que consideramos injusto. A mí, personalmente, me vale lo que decía sobre eso Henry David Thoreau: “No soy responsable del buen funcionamiento de la máquina de la sociedad. No soy el hijo del maquinista”.