Sobre la ardua tarea de evaluar y justificar la nota

En diversos cursos, materias, seminarios de posgrado aprendí que el profesor ejerce una posición de poder. De alguna manera, es el que tiene la última palabra, el que hace valer su autoridad sobre todo en situaciones de conflicto.

Sin embargo, cuando el resultado de una evaluación resulta insatisfactorio yo no me hallo en ese lugar de poder. Al contrario, previendo la reacción de ciertos tipos de alumnos, me pongo más nerviosa que él como si la situación me obligara a actuar en una dinámica de rivalidad – enfrentamiento en la que, con una nota baja, le estampara un sonoro cachetazo en la cara.

Por una serie de malos entendidos tuve que pasar por esta situación hace algunos días en uno de mis cursos con alumnos norteamericanos.

Supe que en los Estados Unidos, de manera general, las notas son muy altas y suele suceder que cuando los alumnos vienen a las universidades argentinas, conocen otros criterios de evaluación, otro nivel de exigencia y, en la mayoría de los casos, notas más bajas. Toda generalización es abusiva, pero lo pongo a modo de ejemplo, como parte de una reflexión propia en la que intento entender lo que pasó.

En mi caso, se trató de un trabajo práctico con una pauta bastante abierta. Tomando cierta distancia veo que cometí una cadena de errores. El primero fue no pautar el tipo de trabajo que esperaba. El segundo fue no determinar con claridad los criterios de corrección que utilizaría. Resultado: textos con una acumulación de informaciones sin elementos de cohesión (marcadores discursivos, conectores), las fuentes que consultaron estaban en inglés, entre otros problemas.

Cuando los recibí, corregí la cohesión, la coherencia, errores gramaticales y de léxico. Dejé en un segundo plano los contenidos solicitados así como el reconocimiento por la elaboración de la tarea. Tercer error.

Se quejaron directamente conmigo, con la coordinadora y por poco no llaman al Papa Francisco.

La solución que les ofrecí fue que escribieran una segunda versión, ahora sí con pautas más claras y quedó acordado que el próximo trabajo práctico se haría en dos versiones con la corrección con códigos (ver el post del mes pasado).

Con el tiempo aprendí que cuando uno tiene un problema, lo mejor que puede hacer es encararlo de frente, fijarse en qué se equivocó y prepararse para no volver a tenerlo. Yo, además, necesito exorcizarlo. Para eso, acostumbro discutirlo con mis colegas o sentarme a escribir.

Revisando uno de mis libros de didáctica (de cabecera) encuentro este fragmento subrayado y “estudiado”. “Si el objetivo principal es evaluar la capacidad de comunicación, es justo que, siempre que se alcance el objetivo comunicativo, independientemente de la fluidez o la corrección formal, desde el punto de vista de la calificación de la prueba debe considerarse como aprobada. En una prueba comunicativa, la corrección gramatical no puede considerarse al mismo nivel que la consecución del objetivo comunicativo.”  Palencia del Burgo. La evaluación como diagnóstico y control. En: Didáctica de las segundas lenguas. Santillana (1990:243)

En el mismo artículo nos enseñan que los objetivos de la prueba dependen de la función con que queramos utilizarla. Cuanto más claro se hayan especificado en la programación, más fácil será decidir y especificar los objetivos a evaluar en la prueba.

Por otro lado, nos avisa que las instrucciones poco claras o complicadas pueden desvirtuar la prueba e invalidarla. Y por último, aclara que es conveniente especificar claramente qué criterios de corrección se van a seguir, de manera que la fiabilidad no se vea afectada.

¿Me habrá fallado la memoria cuando me puse a corregir esos trabajos prácticos?

En realidad no. Lo que falló fue esperar una producción completa y acorde con un curso comunicativo siendo que lo que propuse fue una tarea burocrática.

Otro factor que no tuve en cuenta es que precisamente en la pauta de un trabajo práctico o una evaluación se construye la autoridad de la que hablaba al comienzo. Se establecen las reglas del juego, las expectativas tanto del que elabora como del que corrige.

Quizás por un manejo un tanto limitado del español, sumado a un poco de bronca y el no saber muy bien cómo relacionarse con los profesores, uno de mis alumnos me escribió la frase que le da título a este post y agregó que la nota de su ensayo era un poco *ridículo.

Confieso que tuve que hacer un gran esfuerzo para controlar mi propia bronca, demostrarle que no existen rivalidades ni bandos en la clase de idiomas, enseñarle el uso apropiado del adjetivo “ridículo” y proponerle, con toda la paciencia del mundo, las pautas para el segundo borrador.