El alumno es, o debería ser, la persona más interesada en su aprendizaje. Para que se sienta motivado a seguir aprendiendo y se prepare para actividades futuras, es fundamental que reconozca su grado actual de conocimiento. Así, podrá evaluar, aunque no lo haga de manera muy consciente, cuáles son las estrategias necesarias para avanzar y desde qué punto debe partir. Sin embargo, muchas veces los docentes, incluso por el gran número de alumnos que tienen y las pocas horas que les sobran para dedicar a la corrección de tareas, tardan demasiado en devolvérselas a sus estudiantes. Cuando hay esa demora en la devolución de correcciones de trabajos y pruebas, parte del proceso de autoevaluación se pierde en medio de camino, lo que puede provocar en el alumno inseguridad, desinterés y desmotivación. Para que se evite ese tipo de situación, sugerimos al profesor que:

a) no les solicite a los alumnos una cantidad de tareas superior a la que consigue corregir en un corto espacio de tiempo (y esa dimensión varía según el intervalo entre las clases);

b) les devuelva las actividades con algún tipo de comentario –aunque sea breve– y no solamente con la nota y/o la firma;

c) periódicamente comunique a los alumnos sobre su desempeño (avances, retrocesos, cambios de comportamiento, participación etc.).

De esa forma, se estará asegurando uno de los más importantes objetivos de la evaluación: reconocer lo que ya se sabe y saber en qué se puede mejorar.