“É preciso partir de nossas possibilidades para sermos nós mesmos. O erro não está na imitação, mas na passividade com que se recebe a imitação ou na falta de análise ou de autocrítica” (Paulo Freire, Educação e mudança)

Una de las consignas en las que más se insiste en los documentos que regulan la educación de los países es la de que formar para la ciudadanía requiere activar en el joven una postura crítica ante los discursos dominantes, lo que le permitirá ejercer sus derechos sin ser manipulado. Se busca enseñar a leer más allá de lo literal, a leer en las entrelíneas, a desentrañar las intenciones ocultas. Se promueve, de esta manera, el desarrollo de la literacidad del estudiante como uno de los grandes objetivos y legados de la educación formal.

Me pregunto hoy sobre la conveniencia de incentivar la lectura crítica en la clase de lengua extranjera, y más concretamente en la clase de español.

Indudablemente, también es deseable una actitud crítica ante los discursos extranjeros, especialmente ante los más prestigiosos, que suelen acatarse sin filtro alguno. ¿No es cierto que los estudios provenientes de universidades norteamericanas y europeas se citan en todos los medios como pruebas irrefutables de la verdad? Conviene sin duda plantear una resistencia cultural que defienda la riqueza de lo autóctono frente a la tendencia uniformadora de la globalización.

Ahora bien, ¿realmente hace falta alentar el espíritu crítico ante textos de países hispanoamericanos con escaso prestigio en Brasil? ¿Debe el profesor de español en Brasil activar una actitud de resistencia ante los discursos de otros países latinoamericanos?

Sí y no. El espíritu crítico, bien entendido, es siempre positivo. Pero la misión del profesor de lenguas extranjeras no es levantar muros frente a lo otro, sino abrir ventanas, e incluso puertas. Más aún cuando el estudiante ya viene a clase rodeado de muros, encastillado frente a ciertos temas. Una buena lectura crítica ha de ser también autocrítica: no debe limitarse a rechazar de plano todo lo extranjero, sino que debe analizar honesta y profundamente el texto admitiendo la posibilidad de que el discurso extranjero esconda una verdad parcial que perfeccione mi visión del mundo. Solo de esta manera se establece un verdadero diálogo, en lugar de un diálogo de sordos.

El papel del profesor de lenguas extranjeras es especialmente trascendente en nuestros días, pues la clase de lengua y cultura extranjera es el lugar idóneo para desarrollar de manera natural la tolerancia intercultural. Cuando el estudiante se ve expuesto a lo otro, a lo extraño, y lo analiza crítica y autocríticamente, su estructura mental de la realidad se ve sometida a un esfuerzo de flexibilidad. Las neuronas se ponen a hacer ejercicios de estiramiento. E isso faz um bem danado.

Dicen los especialistas que los niños bilingües tienen mentalidades más flexibles y tolerantes y que actúan naturalmente como mediadores interculturales precisamente por el hábito de operar con dos sistemas lingüísticos y culturales diferentes. Podemos colegir, en definitiva, que el aprendizaje de una lengua extranjera, mediante la lectura crítica y autocrítica de otras culturas, desarrolla una tolerancia y un respeto por lo diferente que puede aplicarse no solo al contacto con extranjeros, sino a cualquier relación humana.