La expresión “Esto me suena a chino”, como sabemos, no se refiere exactamente a la dificultad de comprender el mandarín, sino que la utiliza un hablante de español ante un texto en su propia lengua que le resulta incomprensible.

También en lengua extranjera, en nuestras clases de español, podemos estar trabajando (a sabiendas o no) con textos que a nuestros estudiantes les suenen a chino, bien por tratar de campos altamente especializados o conceptualmente complejos, bien por incluir referentes culturales que a ellos les sean desconocidos. Las principales dificultades de comprensión no van a radicar, pues, en la gramática del español, sino en acepciones especiales del vocabulario.

En efecto, a un joven o adulto brasileño ya habituado a la lectura de géneros textuales muy diversos en portugués, los aspectos léxicos y sintácticos del español más general apenas van a causarle dificultades de comprensión pues, como dice uno de los grandes principios del plurilingüismo, el conocimiento de una lengua nos facilita la comprensión de las siguientes, lo cual resulta especialmente verificable entre lenguas próximas como las románicas. Podemos afirmar que, como regla general, sea cual sea la edad y el nivel de alfabetización o literacidad del estudiante brasileño, su destreza para comprender textos escritos va a ser prácticamente la misma en portugués y en español: si un texto en español de dificultad intermedia le causa problemas, un texto equivalente en portugués tampoco le resultará sencillo; y si tiene tanta práctica de lectura en portugués que solo le exigen verdadero esfuerzo los textos más oscuros, igualmente logrará desentrañar textos en español de elevada complejidad.

Creo que hasta el momento no he dicho nada nuevo, pero las consecuencias lógicas de lo anterior tal vez sorprendan a más de uno: puede decirse que, en el contexto brasileño, el profesor de español tiene escasa responsabilidad en el desarrollo de la comprensión lectora de textos en español. Evidentemente, todo estudiante brasileño de español (excepto los que están en situación de inmersión lingüística) está en contacto permanente con textos en portugués de todo tipo, de manera que el aprendiz desarrolla su literacidad en primer lugar en su lengua materna, lo cual va a tener un beneficioso efecto inmediato en la comprensión de textos en español. Dicho con otras palabras, el estudiante brasileño aprende a leer en español leyendo en portugués.

Los profesores de español que trabajamos en Brasil deberíamos sentirnos muy afortunados por esta tesitura que nos permite usar textos auténticos, variados e interesantes desde el nivel inicial. Además, ya que la comprensión del contenido es generalmente muy amplia, podemos canalizar y diversificar la enorme energía que suele dedicarse al español instrumental profundizando en las diferencias culturales que señalan los textos y empleando estos como punto de partida para concentrarnos después en las destrezas de producción, que son las que presentan una mayor dificultad para los aprendices brasileños.

Resulta contraproducente intentar anular la natural facilidad que tienen los brasileños para leer en español llevando a clase textos enrevesados y confusos. Textos que no se entiendan.

Tanto en lengua materna como en lengua extranjera o adicional, los textos “en chino” incumplen al menos dos de las recomendaciones más usuales de la didáctica: si el texto pertenece a una esfera de conocimiento completamente aislada de la experiencia del aprendiz, si no establece puentes con los conocimientos anteriores, no se producirá aprendizaje significativo, de manera que el texto será rápidamente olvidado y el trabajo habrá sido una pérdida de tiempo al menos en lo que se refiere al contenido y al mensaje que el texto transmite. Por otro lado, asuntos desconectados de la experiencia del aprendiz generalmente no despiertan la motivación, e incluso generan rechazo, lo cual repercute muy negativamente en el proceso de aprendizaje. Este efecto es especialmente indeseable en la enseñanza de lenguas extranjeras, en la que un objetivo esencial es establecer empatía con el otro.

Existe una perversa correlación entre dificultad y prestigio por la que no deberíamos dejarnos arrastrar los profesores de español en Brasil. Ni siquiera deberíamos aceptar sin más que en las asignaturas de ciencias exactas se asuma como normal, e incluso como motivo de orgullo departamental, un índice de suspensos superior al 25%. Por detrás de esta actitud se esconde la instrumentalización de la educación formal, la cual se convierte en una cruel herramienta de selección, en un embudo que llega hasta la universidad (donde sigue estrechándose), y que viene sirviendo de excusa para justificar la desigualdad social apoyándose en una falaz meritocracia.

No hay proceso bioquímico más complejo en el universo conocido que la codificación y decodificación de mensajes que lleva a cabo el cerebro humano. El proceso, bien lo sabemos, debe de ser aún más complejo cuando intentamos comunicarnos y entendernos con alguien de otra cultura, en otra lengua. No le hace falta a nuestra profesión, creo yo, mayor dificultad, ni mayor prestigio.