El en texto del mes pasado tratamos de algunos conceptos de orden afectivo, que se deben considerar en el proceso de aprendizaje de lenguas (autoestima, autoeficacia y autoconcepto lingüístico). Ahora abordaremos otro aspecto también de gran importancia en clase: la autonomía del alumno. Conforme definido por Aoki [1], esa se refiere a su “capacidad de controlar el propioaprendizaje al servicio de sus necesidades y aspiraciones.” La capacidad de control se desarrolla por medio de prácticas, que en el contexto escolar pueden verse facilitadas –o no– por el profesor. En el caso de la enseñanza de lenguas extranjeras, propiciar la autonomía del alumno suele ser de extrema importancia, una vez que para ser proficiente en un idioma no serán suficientes las horas de trabajo en la escuela. Es importante que el alumno se sienta preparado y capaz de avanzar solo, sin la presencia constante de un orientador, de forma que pueda profundizar sus estudios en casa, bibliotecas, en Internet, etc., aunque el trabajo autónomo no suponga independencia total, ya que para aprender lenguas es fundamental la interacción.

Es importante señalar que profesores que no suelen delegar decisiones a los alumnos tendrán un poco más de dificultad en hacerlo, ya que valorar la autonomía de los estudiantes significa adoptar un estilo de enseñanza  poco tradicional [2]. Igualmente, alumnos que siempre fueron “controlados” necesitarán un tiempo mayor para aprender a hacer elecciones. Sin embargo, la autonomía de los alumnos podrá ser benéfica para ambos: alumnos se sentirán más responsables por su aprendizaje y por sus resultados, aprenderán a establecer metas y caminos para lograrlas y tendrán más facilidad en encontrar soluciones para sus dificultades/debilidades. El profesor, a su vez, dividirá responsabilidades y trabajará con un grupo de alumnos más intrínsecamente motivado.

El profesor podrá estimular la autonomía en sus estudiantes durante las clases de lengua extranjera cuando permita que ellos elijan, por ejemplo:

a) qué contenidos se estudiarán, y en qué secuencia serán presentados (si eso es posible y viable);

b) los tipos de actividades que consideran necesarias para el aprendizaje de tales contenidos;

c)   con qué tipo de materiales les gustaría trabajar;

d) qué normas de convivencia seguirán;

e) cómo se agruparán para la realización de determinadas actividades (solos, en parejas, en grupos pequeños/grandes);

f)   qué actividades extras realizarán;

g) qué libros serán leídos;

h) cómo será la disposición de los pupitres;

i)    cómo serán evaluados, etc.

Lo más importante es dejar claro a los alumnos que sus decisiones traerán consecuencias que deberán ser, posteriormente, evaluadas. Ese feedback es necesario para el desarrollo de la autonomía, pues preparará  al alumno a que pueda tomar nuevas decisiones en el futuro. Además, al profesor le tocará la decisión de qué elecciones podrán hacer los alumnos, ya que, por ejemplo, el contenido programático normalmente lo define la unidad escolar o la coordinación, en el caso de la escuela reglada, por ejemplo. De cualquier manera, lo más importante es que los alumnos no se sientan “ejecutores” de instrucciones sino protagonistas de su aprendizaje.

[1] AOKI, N. La afectividad y el papel de los profesores en el desarrollo de la autonomía del alumno. In: ARNOLD, J. La dimensión afectiva en el aprendizaje de idiomas. Trad. Alejandro Valero. Madrid: Cambridge University Press, 2000. p. 161.

[2] ZOLTAN, D. Motivational Strategies in the Language Classroom. Cambridge: Cambridge University Press, 2001. p. 106.