Antiguamente, se pensaba que aprender una lengua era aprender sus reglas gramaticales. “Sé gramática, luego sé la lengua”, era la conclusión, parafraseando a Descartes. Sin embargo, no era suficiente. Entonces, se le agregaban listas de vocabulario, se las combinaba con los elementos gramaticales y… tampoco funcionaba. Pasando por varios otros intentos, se partió hacia al extremo opuesto, se llegó a la antítesis hegeliana: el término gramática fue considerado casi una mala palabra y debía ser abolido… como palabra, porque el contenido, aunque fuera en forma disimulada, tenía que estar presente en algún momento. De todas maneras, se evitaba poner “la palabra” en los libros, se evitaba decírsela a los alumnos, que se suponía correrían asustados lo más lejos posible de las clases.

Pero ¿qué sucede con los alumnos adultos? Su reacción frente al término corresponde, por lo general, al lugar que la gramática ocupa en lo que, para ellos, significó aprender una lengua en sus propias experiencias de vida en sus clases de Portugués o Inglés en la época de la escuela. Los alumnos que tienen buenos recuerdos de sus profesores de estas materias –y no me estoy refiriendo tanto a las clases en sí como a las personas que las daban–, identifican el aprendizaje de la lengua como algo agradable y si las clases eran de gramática, pues simplemente hoy en día, llegan a pedirnos gramática. ¿A pedirnos gramática? Sí. Les llevamos videos, diálogos, textos, muestras de lengua para darles todo tipo de contenidos, pero en determinado momento, hay casos en que nos dicen que quieren ver la conjugación de los verbos regulares e irregulares. Y entonces les tenemos que llevar el clásico paradigma, los verbos con diptongo, etc. como única manera de que cumplan este aspecto que, para ellos, es indispensable. El resto es útil, es interesante, pero, para ellos, no es lo fundamental. Si, en cambio, la experiencia con sus profesores de Portugués o Inglés fue desagradable –y nuevamente aclaro que me estoy refiriendo más a la figura del profesor en sí–, el contenido que este daba pasa a ser considerado como algo aburrido, pesado, casi insoportable y prácticamente inútil, porque el aprovechamiento de lo que se aprende tiene que ver con el respeto o afecto que el alumno siente por quien se lo transmite.

Entonces, frente a alumnos con experiencias agradables, la gramática va a representar una experiencia positiva, por supuesto, en una dosis adecuada y mezclada con todos los otros aspectos que debemos traer a la clase. ¿Y qué pasa con los alumnos con experiencias negativas o, inclusive, traumáticas? Es la oportunidad de cambiarles esa visión en su vida a través de un nuevo intercambio personal, o sea, de una nueva relación profesor-alumno. Tratando de lograr una buena empatía con el alumno, este se va a interesar por todo el material que le traigamos, inclusive el gramatical. Y en algunos casos podemos llegar a sorprendernos: a ese mismo alumno pueden llegar a parecerle interesantes algunos de esos contenidos que identificaba como difíciles o aburridos al rechazar a la persona que los había introducido en su vida.