Los profesores tenemos un ego muy fuerte. ¿Por qué negarlo? Muy en el fondo nos repetimos “eso, a mí, nunca me va a pasar”.

Este jueves, durante un ejercicio de pronunciación, una de mis alumnas se puso a llorar. Al no poder pronunciar la palabra “posicionamiento” empezó a ponerse nerviosa hasta no poder contener las lágrimas.

El contexto: en Argentina, donde trabajo hace cinco años, se estudia español en cursos intensivos, cada nivel dura 60 horas, en clases de 3 o 4 horas diarias. Mi alumna, una inglesa de 22 años, está en nivel VII, equivale a un B1-B2 del Marco. Es el segundo nivel que hace conmigo, tenemos una buena relación y comparte el grupo con dos compañeras más de su país.

Como la corrección de errores y la afectividad son temas que me interesan mucho, decidí compartir el caso en Facebook. Recibí comentarios muy interesantes: algunos colegas apuntaron al aspecto afectivo, observando que la alumna está dándole mucho más valor a aquello que no logra producir y minimizando todo lo que es capaz de hacer. Me sugirieron que lo hablara en particular, que le diera un feedback más completo y ánimo.

Ya lo hice. Vale aclarar que tiene un muy buen desempeño en gramática, buena memoria para el vocabulario y es muy responsable respecto a la entrega de deberes.

Otras colegas me dieron ideas más prácticas: pedirle, por ejemplo, que descomponga la palabra de atrás para adelante en sílabas y las vaya sumando progresivamente hasta llegar a la palabra entera. Surgió también la simpática y tan útil idea de decirle “si no te sale la palabra, usá un sinónimo”.

Los dos aspectos de lo que me pasó son interesantes, tanto lo cognitivo (enseñar a pronunciar una palabra) como lo afectivo (lidiar con la frustración de un alumno). Me gustaría aprovechar este espacio para pensar “en voz alta” sobre la afectividad en nuestras clases de idiomas.

Sabemos que cuando el alumno estudia una lengua extranjera se ve obligado a superar la inseguridad y a exponerse a la posibilidad de cometer errores. Se le demanda constantemente que hable, opine, participe, de esta forma tiene que exponer su ego ante los demás.

Leí en un artículo llamado La lengua extranjera entre el deseo de un lugar diferente y el riesgo del exilio, de Catherine Revuz, que el aprendizaje incluye percepciones de satisfacción pero, al mismo tiempo, un alto nivel de fracaso.

Aprendí con Jane Arnold en La dimensión afectiva en el aprendizaje de idiomas que ya en el proceso de adquisición de la lengua materna desarrollamos lo que se denomina ego del lenguaje. El léxico, la sintaxis, la morfología y la fonología del lenguaje individual adquieren límites muy sólidos. Al estudiar otras lenguas, tendemos a rechazar o a ver como “ridículo” todo aquello que no se encaje dentro de estos límites.

El llanto de mi alumna probablemente refleja una combinación de lo anterior: frustración, sensación de fracaso por estar estudiando hace tanto tiempo y no lograr cierta fluidez o hasta miedo al ridículo. ¿Qué hacer en situaciones así?

Lo primero que me pregunté fue “¿qué habré hecho mal?”. Y vale la pena empezar por ahí. Las evaluaciones y orientaciones dadas por el profesor al alumno, todas las acciones y reacciones como gestos, muecas o hasta silencios, interfieren en el aprendizaje.

El feedback son las devoluciones del profesor en general y el mecanismo mediante el cual el alumno incorpora a su discurso el efecto que produce en sus interlocutores (ya sean sus compañeros o el profesor) y que ellos dejan de manifiesto por medios tanto verbales como no verbales.

En el discurso generado en el aula, el feedback puede afectar tanto al contenido de la comunicación como al proceso de aprendizaje. A veces el alumno no entiende las indicaciones del profesor y por miedo a ser corregido nuevamente, prefiere guardar silencio.

No era mi caso porque estábamos en el medio de un ejercicio de pronunciación pero… si el objetivo de nuestras clases es desarrollar la comunicación, ¿no estaremos dedicándole demasiado tiempo a detalles menores?

Si estamos convencidos de que se aprende en la interacción con los pares, ¿les estamos dando el protagonismo necesario para que se ayuden entre ellos?

Puede que muchos de los problemas que enfrentamos en clase tengan que ver con cuestiones afectivas o con la forma por medio de la cual estamos manejando la afectividad en el aula, esto es,  cómo conducimos la interacción. Un ambiente que promueva la autoestima permitirá el trabajo sobre aspectos cognitivos con más chances de éxito.

Está en nuestras manos que los alumnos comprendan que los episodios de ansiedad ante el idioma son transitorios. Intentemos evitar la competitividad, fomentemos un clima de colaboración constante. Por otra parte, que el alumno evalúe su rendimiento de forma realista, lo más objetivamente posible.

¡Manos a la obra! (pero siempre con una cajita de Kleenex a mano).