Cuando uno se muda a otro país, reinauguramos todas nuestras actividades cotidianas con una nueva “primera vez”.

Unos meses después de estar instalada aquí, llegó la vez de trabajar. Un día precisé de la ayuda de una de las colaboradoras y fui al comedor donde almorzaban. En el momento en que entré, las seis mujeres se dieron vuelta y me dijeron al unísono: Servida?, ofreciéndome gentilmente un bocado de sus platos o sándwiches a medio comer. Mi perplejidad fue tanta que no sabía qué responder y me vino a la cabeza la eterna disyuntiva de Hamlet, llevada a un ámbito bien cotidiano: comer o no comer, aceptar o no aceptar: esa era la cuestión. Las ideas se me cruzaban rápidamente por la cabeza: si no aceptaba, ¿sería un desaire?; si le aceptaba solamente a una, ¿las otras se ofenderían? Pero ¿cómo iba a aceptar comer del plato por la mitad o dar una mordida a los sándwiches que estaban devorando?

En un rápido viaje a mi infancia, recordé las reglas que aprendí: nunca ofrecer a nadie lo que yo estaba comiendo, excepto que hubiera otras porciones no tocadas; si lo hiciera, cometería una falta total de delicadeza y también de higiene. ¿Sería diferente acá en Brasil? Bueno, las reglas de educación podrían ser diferentes, basadas en un principio generoso de siempre compartir la comida, pero las de higiene no. ¿Sería tal vez otra invitación que debería ignorar como la de Aparece lá em casa?

La acción que debe haber durado unos pocos segundos me quedó congelada en la memoria: yo parada en la puerta y las seis gentiles mujeres paralizadas con los tenedores y los sándwiches en la mano a la expectativa de mi respuesta:

–No, muchas gracias. En Argentina almorzamos más tarde.