Hoy me acordé de una broma que compartía con un amigo alemán, a quien le hacía mucha gracia que los españoles, en el momento en que no se le ocurría a uno qué más decir, cuando la conversación empezaba a languidecer, dijesen “Pues… nada”. Él estudiaba español y le llamaba mucho la atención ese uso de “pues”. Cuando hablábamos, en cuanto se producía una mínima pausa en la conversación, me miraba, se quedaba durante unos pocos segundos a la expectativa, anticipando el momento con una sonrisa, y enseguida decía “Pues… nada”.

Es “pues” una palabra que, verdaderamente, da qué pensar. No hay consenso a la hora de clasificarla. En general, es incluida dentro de los marcadores u organizadores del discurso, al igual que “claro”, “pero”, “bueno”, “hombre” y otras similares. También aparece en el grupo de los enlaces extraoracionales, unidades que en la sintaxis oracional funcionan como adverbios, interjecciones o conjunciones. La gramática le reconoce un valor causal y consecutivo (“Hoy no salgo pues estoy cansada”, “La decisión fue tuya, asume pues las consecuencias”), equivalente a “ya que”, “así que”, o a “entonces”, “por tanto”. Pero no siempre hay acuerdo sobre si es un enlace coordinativo o subordinativo.

Sin embargo, el “pues” del que quiero hablar aquí es el operador pragmático, usado como elemento de cohesión en español conversacional con una función enfática. Con frecuencia se usa cuando uno de los interlocutores quiere introducir un cambio en la línea argumental de lo que se está diciendo, como muestra de reacción u oposición (-¡Ese libro es genial! -Pues a mí no me gusta). Pero también es habitual su uso con una función fática, como enlace oracional continuativo (-¿Qué te parece? -Pues, no sé; -Me voy de vacaciones -Pues, ¡qué bien!). Con este valor continuativo el hablante a veces muestra su voluntad de proseguir el discurso proporcionando información nueva (-¿Qué planes tienes para el fin de semana? -Pues mira, el sábado…). Aunque en ocasiones se trata de un mero recurso fónico que proporciona más expresividad al discurso, y simplemente encubre un titubeo, o permite una pausa durante la que se mantiene el contacto mientras el hablante decide o intenta recordar lo que quiere decir (-¿Por qué haces eso? -Pues… no sé, porque me apetece).

Pero, ¿y cuando realmente no hay ya mucho más que decir?:

—¡Hola! ¡Cuánto tiempo…!

—Sí, es verdad.

—¿Qué tal todo?

—¡Bien! ¿Y tú?

—Muy bien.

—¡Qué bien! Humm…

—¿Quieres un café?

—No, no. Gracias. No tengo tiempo.

—¡Ah! Bueno… Pues… nada.