En los comentarios a mi post anterior, mi hija me hizo acordar de una anécdota que corre por la familia hace más de veinte años y  de la cual, por la comicidad del caso, soy también la protagonista.

Comprar pan es una tarea cotidiana, quizás no diaria por el ritmo de vida que llevamos, pero siempre muy fácil de hacer. Pues para un extranjero puede no serlo tanto.

Cuando aprendemos una lengua de adultos es muy difícil perder el acento. En mi caso particular, tuve clases de portugués en Buenos Aires con una excelente profesora de Bahía que me ayudó muchísimo, pero, claro, adquirí algo de su acento que se mezcló con el característico de los argentinos que hablamos –o tratamos de hablar– portugués. Probablemente, en São Paulo la mezcla de acentos resultaba desconcertante para quien me escuchaba.

Mis primeras incursiones para hacer compras fueron a la panadería, sola o acompañada de mis fieles escuderos, mis hijos, listos para disfrutar de mis andanzas frente a los molinos de viento de la lengua, pero también para sacarme de apuros. Siempre pensé que la cantidad ideal de pancitos para el tamaño de mi familia era diez. Así, pedía dez pãezinhos. El problema estaba en la cantidad que entendían como consecuencia de mi particular acento. Conclusión: me daban tres o seis, nunca diez. En ese momento tenía que apelar al recurso comunicativo más antiguo de la humanidad: abrir las dos palmas de las manos con todos los dedos extendidos y repetir dez pãezinhos!, frente a toda la fila que se instala en las panaderías a las siete de la tarde para comprar pancito caliente. La historia se repitió tantas veces que fui adoptando diferentes estrategias con el objetivo de no pasar tanta vergüenza: tratar de ser atendida siempre por el mismo empleado de la misma panadería, cambiar de panadería, cambiar de horario para que hubiera menos público, usar los dedos de entrada, etc., pero ninguna solucionaba mi problema. En el colmo de mi desesperación, después de más de un año,  tomé una decisión radical: nunca más compré diez pancitos; pasé a comprar uma dúzia*

 

*Para los lectores que no hablan portugués, uma dúzia significa ‘una docena’.