Uno de mis alumnos de inglés está muy enfadado con los angloparlantes. “Hablan muy deprisa y, además, no pronuncian bien”, dice. Debe de pensar que lo hacen a propósito para que él no entienda. En realidad creo que está enfadado también conmigo.

Como no tiene facilidad para la pronunciación, de vez en cuando le doy explicaciones sobre la articulación de ciertos sonidos, en un intento de que sea consciente del fenómeno y comprenda el porqué de su dificultad. Un día, cuando ya habíamos hecho a lo largo del curso el repaso de los sonidos más difíciles (las vocales, las eses sonoras [z], las dentales [t] y [d], que en inglés no son dentales sino ápicoalveolares… ¡uff!, se quejaba él), le hablé de los sonidos que se relajan y las situaciones en que se relajan. Le pedí que prestase atención, por ejemplo, al sonido [b], que con frecuencia se pronuncia de forma muy diferente en español. “¿¡Tampoco la ‘b’ se pronuncia igual!?!” En mitad de palabra, o en medio de la cadena fónica, nosotros la relajamos, tanto que en ocasiones casi no se percibe. Sin embargo, en inglés, como ocurre también en portugués, este sonido mantiene su carácter oclusivo, es decir, que en “probably” o “it’s a big business” (o en portugués en “saber” o “absurdo”) no se relaja. En español, la ‘b’ de la palabra “cabeza” se hace tan suave que puede incluso desaparecer. Recuerdo en este sentido que en mis primeros viajes a Inglaterra siendo una niña, también a Portugal y a Brasil (aunque en estos casos ya era consciente del fenómeno, y no era una niña), tras presentarme y decir que mi nombre es “Anabel”, mis interlocutores intentaban confirmar… “¿Anael?, ¡qué original!”.

Una vez que mi alumno ya se iba conformando con la idea de que tenía que pronunciar fuerte la ‘b’, y marcar bien la articulación de los sonidos para que su pronunciación fuese más conforme a la nativa, vino un día a clase desesperado porque no entendía un listening que se suponía que era muy fácil para su nivel. Lo escuché con él y, en efecto, se atascó en la parte en que alguien preguntaba a un amigo “Wassamatawitcha?”. Cuando por fin se dio cuenta de que la pregunta era para interesarse por el amigo (“What’s the matter with you?”), fue cuando se enfadó de verdad. “Pero, ¡¿y todo eso de pronunciar bien y marcar fuerte los sonidos…?!”.

Recuerdo un caso parecido con unos alumnos de portugués, que tras escuchar un texto sobre el sistema de producción de una fábrica y preguntarles cuál era el producto al que la empresa se dedicaba, ninguno fue capaz de responder que se trataba de una fábrica de “cerveja”. La palabra había aparecido en cuatro ocasiones. Cuando analizamos su fonética y fueron conscientes de que ni uno solo de los sonidos que la componen coincide con lo que un hispanohablante esperaría (especialmente difícil es la comprensión de las vocales que por ser átonas se relajan, y sobre todo en Portugal), tras la sorpresa vino la conclusión: son las expectativas (formadas a partir de nuestra lengua materna) de cómo una palabra se pronunciaría en una lengua extranjera lo que en muchas ocasiones nos impide entender.

Es cuestión de saber cuándo nos podemos relajar y cuándo no. Ahora ya entenderán la respuesta si un día le preguntan a alguien de dónde es y lo que oyen es:

– ¿Yo? Soy “cuano”.