Los meses se sucedieron sin que nos diésemos cuenta. Las hojas del calendario – que hoy en día ya son casi todas virtuales como tantas otras cosas en la vida – volaron literalmente.

Este año pasó prácticamente sin que nos diésemos cuenta, pero con muchos acontecimientos fuertes tanto en el país como en el mundo.

Brasil termina su año triste: una tragedia nacional vistió de luto al país que ya estaba sin clima navideño. Casi no hay decoración en las calles, no se ven muchas luces, no hay mucha gente haciendo compras, al contrario de lo que sucedía todos los años, que pocas veces tildábamos de “buenos”. No cabe duda, este ha sido un año difícil.

Pero de los momentos malos es que nacen los buenos, inclusive por comparación. Es de los problemas grandes que concluimos que otros son pequeños. Y es llegando al fondo del pozo que emergemos; no hay otro camino sino ir hacia arriba.

Esto es lo que le deseo a Brasil y nos deseo a todos nosotros que vivimos en este hermoso y hospitalario país que adopté como mío: que no perdamos la hospitalidad y calidez que nos caracteriza, que no dejemos perderse los lazos de amistad que cultivamos, que seamos optimistas como siempre lo hemos sido, que esperemos con confianza un futuro mejor, porque Brasil se lo merece. De eso no tengo la menor duda.