Los traductores somos los eternos invisibles: cuanto mejor lo hacemos, más pasamos desapercibidos. Estamos por todas partes: en los libros que lee la gente, en las películas del cine, en series y programas de la tele, en la exposición del museo, en el libro de cocina italiana, en las instrucciones para utilizar el móvil, en los prospectos de los medicamentos, en la publicidad de hamburguesas y refrescos, en los folletos turísticos, en las páginas web, en los programas de ordenador, en los videojuegos, en la documentación corporativa, en los textos académicos, y en una infinidad de lugares. Todos nos utilizan, pero nadie nos ve… excepto cuando nos equivocamos. Entonces, hasta el menos pintado se atreve a señalarnos con el dedo.

No es que los traductores seamos infalibles, claro que no. Somos humanos y nos equivocamos, unos más y otros menos, dependiendo de nuestra competencia y de la seriedad de nuestro trabajo. Pero, a pesar de la creencia de que traducir es fácil y solo es necesario saber idiomas, lo cierto es que no es ningún juego de niños.

Muchas son las características que un traductor debe tener. El dominio de dos lenguas, la materna y una extranjera –y, por increíble que parezca, principalmente la materna: es en esa lengua que los lectores recibirán el mensaje, es en esa lengua que el traductor reproduce el mensaje, y tiene que conocerla a fondo para poder hacerlo de la manera más adecuada y exacta– es solo el punto de partida. Una curiosidad insaciable que lo instigue a investigar y estudiar constantemente, un amplio bagaje cultural y de conocimientos de toda índole, una buena dosis de humildad y de creatividad para saber situarse entre el autor y el lector son también atributos indispensables.

Pero, ante todo, me gustaría dejar claro que la tarea del traductor no es traducir palabras, sino sentidos, ideas, culturas. Como dice Ponce (2007), “el traductor es (…) responsable nada más y nada menos de que un mensaje, que probablemente no fue concebido para ser traducido, efectivamente se traduzca hacia una lengua meta sin que a los hablantes de esa lengua les provoque ninguna sensación de extrañeza. Para conseguir esto, el traductor debe sumergirse hasta las entrañas del texto origen y dejarse impregnar de toda la carga cultural que dicho texto pretende transmitir para volver de nuevo a resurgir de sus cenizas con el fin de adecuar todo ese mensaje a una cultura meta totalmente diferente. Todo esto conlleva que el traductor no se erija tan solo como un mero transmisor de palabras, sino como un verdadero eslabón, una conexión tan sumamente versátil que es capaz de entrelazar dos culturas diferentes”.

En los próximos artículos iremos desvendando todo lo que envuelve el mundo de la traducción, principalmente entre las lenguas española y portuguesa. Quién sabe si entre nuestros lectores apasionados por el español se encuentra un futuro traductor.

Lecturas complementarias

GARCÍA YEBRA, Valentín. Teoría y práctica de la traducción. 3 ed. Madrid: Gredos, 1997.

PONCE MÁRQUEZ, Nuria. El apasionante mundo del traductor como eslabón invisible entre lenguas y culturas. Revista electrónica de estudios filológicos, Universidad de Murcia, n. 13, julio 2007.