Y pensaba yo un poco sobre las cosas que se nos quedan de la escuela cuando el tiempo siguió su curso. De lo que más me acuerdo desde tan lejos es de las pocas veces en que salíamos de las largas filas de pupitres y sillas para compartir cosas entre nosotros. Y eso se nos venía cuando arremetía el pánico por no lograr resolver alguna cuenta o por no haber guardado de memoria alguna fecha o nombre importante. Era justamente ahí que nos llegaba el amparo por las miradas cómplices y por las palabras dichas a medias, entre dientes, en un lenguaje casi oculto, descifrable tan solo por la pobre víctima elegida por algún profe cruel. De esos tiempos guardé la connivencia estudiantil, y la sabiduría infinita atrapada en las paredes del aula: trabajar junto, compartir, hablar y hablar hasta que se nos secara la lengua y que el cerebro lo retuviera todo sin esfuerzo. Repetir, crear, reinventar las cosas con libertad, pero con la certeza de que alguien nos hacía cruzar el puente hacia el destino cierto.

Treinta años ya se van desde que he intentado fieramente mantenerme fiel todos los días a la alumna que todavía vive en mí y a aquellos recuerdos que no aparecen en los compendios de prácticas pedagógicas. Y yo me veo todos los días en mis alumnos. Y me hace gracia verlos haciendo cosas que me son tan familiares de otros tiempos.

Dentro de unos días vuelvo a la escuela, otra vez más. Me da miedo. ¿Me reconoceré nuevamente en ellos? No lo sé. ¿Qué cosas nuevas me enseñarán? ¿Qué lecciones todavía me faltan para que yo aprenda realmente a hacer lo necesario, lo justo y lo correcto? Ellos me lo dirán, lo sé.