Un tipo de traducción con la que nos encontramos frecuentemente es la llamada traducción audiovisual. Y no solo cuando decidimos ir al cine; al llegar a casa y poner la televisión, casi inevitablemente nos topamos con ella: ¿en qué canal, sea abierto o de pago, no ponen series o películas extranjeras? Y todas ellas siempre traducidas, y a veces con varias opciones, a gusto del consumidor: o con el audio en portugués (dobladas) o con el audio original subtitulado.

La gran dificultad de traducir el texto audiovisual es que se trata de un texto oral y acompañado de imagen. Al ser un texto oral, tiene más tendencia a la informalidad ­–aunque no siempre, los personajes de las series de médicos o de abogados pueden utilizar un lenguaje absolutamente formal y técnico–. A la hora de traducir, el traductor tiene que intentar conservar el mismo registro. El problema con la informalidad, que puede llegar a extremos vulgares, es que no produce el mismo impacto escucharla que verla escrita. Las palabras se las lleva el viento, pero los subtítulos no. Es por este motivo que algunas distribuidoras (las que encargan las traducciones) tienen la norma de no aceptar que los traductores utilicen palabrotas en los subtítulos. Llámenlo censura por un lado, llámenlo infidelidad por otra, pero lo cierto es que los traductores tienen que someterse a lo que dictan los clientes. Críticos del mundo, no la tomen con el mensajero, que esta vez no tiene la culpa.

Otra cuestión peliaguda con relación a la versión subtitulada es que el espectador tiene acceso al original y siempre hay aquel, versado en lenguas, que se pasa la película entera a la caza del error. “¡Eso no es lo que ha dicho!”. Seguramente no es “exactamente” lo que ha dicho, pero es que, además de intentar ser fiel al original y de imprimir naturalidad en los diálogos, el traductor dispone de un espacio mínimo, de pocos caracteres, para escribir su traducción, y además tiene que ajustar los subtítulos a una velocidad de lectura cómoda para el espectador.

Estos dos problemas que acabamos de mencionar no los sufre el doblaje: el texto oral se traduce con otro texto oral, que se sobrepone al original, inaudible. Con esta modalidad, se puede mantener el registro y las adaptaciones culturales se hacen de manera un tanto más cómoda. En la traducción de un capítulo de El chavo del ocho (Chaves, en portugués), donde los personajes se comparaban a eximios jugadores de fútbol, el mexicano Enrique Borja se transformaba en el brasileño Zico, y el equipo del Guadalajara se transformaba en el Palmeiras.

Sin embargo, cuando la referencia cultural o lingüística aparece en la imagen, no hay por dónde escapar. Para seguir con el Chavo, en otro capítulo un personaje escribe en la pared la palabra “pastel” a la vez que pronuncia “bolo”. Obviamente, el medio no permite el uso de explicaciones adicionales o notas al pie, y muchas veces el traductor se siente acorralado entre la lengua, la cultura y la imagen, luchando por encontrar una salida digna.