La burocracia asoma por todos lados, dificultando el flujo de las cosas, impidiendo muchas veces que se le lleve a cabo lo impostergable para satisfacer la necesidad de evidencias documentales de alguna gestión administrativa. Como justificativa corriente y válida, los burócratas argumentan que los papeles son la comprobación explícita de todo lo que se ha hecho, o no, y que contra hechos certificados no hay argumentos que se lo resistan. Lo cierto es que de todo hay que tener un registro, sea cual sea y como sea, para que, en algún momento, podamos prestar cuentas o, no muy raro, exhibir públicamente nuestra eficiencia. Incontables horas rellenando formularios y reuniendo datos nos consumen por cuenta de esa exigencia general. Y aunque la tecnología se nos presente como herramienta salvadora, seguimos enganchados a un creciente número de encargos similares, todos con fecha ya prescrita, por supuesto, pues la importancia es siempre directamente proporcional a la urgencia de lo pedido. En un mar de diarios de clase, planes, fichas, proyectos, pareceres y actas nos hundimos cotidianamente. Y como la densidad de esa mar es infinitamente más grande que la del agua que bebemos, seguramente nos ahogaremos en algún punto de la travesía, demostrando tajantemente nuestra falta de organización o competencia para hacer frente a la burocracia educacional. Con eso cuentan los detractores de la enseñanza, constantemente apuestos para censurar resultados y justificar obstáculos por el incumplimiento de las reglas. Y antes que se nos ocurra rebelarnos contra el sistema, cabe evaluar la situación repensando la praxis escolar desde un punto de vista más efectivo: ¿Por qué se nos solicitan algunas cosas? Si no lo hacemos, ¿dejará de funcionar como debería? ¿Lo hacemos para que algo mejore o se quedará en el olvido, extraviado en algún cajón? Creo que estas preguntas valen para todos los que se encuentran directamente involucrados en la planificación del trabajo pedagógico, no importando la instancia a que pertenezcan: gestores, equipo directivo y, principalmente, los profesores. Acordémonos, pues, de que también los profes somos responsables por incontables exigencias vacías de significación que les hacemos a nuestros alumnos. En otras palabras: burocracia camuflada como tarea didáctica. Si nos azota la burocracia, intentemos optimizar el trabajo, registrando y solicitando lo verdaderamente esencial para divulgarlo siempre que posible. Las maravillas hechas entre las cuatro paredes del aula deben hacer eco en otros entornos. Eso será fundamental para resignificar en la práctica lo apuntado en el papel.