Hoy quiero hablaros de algo sobre lo que pienso casi a diario, y me atrevo a decir que debería tener una importancia capital dentro del mundo de la enseñanza.

Os cuento, cual Lazarillo, el caso que hoy me trae aquí:

Dando clases de Lengua y Literatura a un alumno para preparar su último examen del curso, me participaba el zagal su inquietud por las décimas que solía perder en los exámenes por las faltas de ortografía que, reconocía cabizbajo y pesaroso, solía cometer. No en vano, me mostró el examen de la anterior evaluación, que suspendió justamente por eso; una falta de ortografía que lo llevó a los abismos del suspenso. Reconozco que una parte de mí se alegró mientras me contaba la importancia que su profesora otorgaba a la correcta ortografía. Pero esa alegría se tornó en estupor cuando tuve delante el examen y comprobé la falta de ortografía a fuego marcada. Circunspecto y desorientado ante mi reacción, el aspirante a universitario se defiende atacando al manifestarme que su profesora es muy dura.

Y tan dura, pensé yo inmediatamente después…

Aquí viene el caso:                                   

Existe la peligrosa creencia de que cuando la palabra que aparece al principio de una oración encerrada entre interrogaciones, esta hace las veces de pronombre interrogativo y, además, lleva tilde. Este falso axioma está extendido hasta límites insospechados, como puede ser el de afear la ausencia de la tilde en tal caso y deducir puntuación en un examen por un error que, en realidad, no lo es.

Así, <<¿Que no me dijiste nada?>>, pasó, por obra y gracia de esta profesora a <<¿*Qué no me dijiste nada?>>.

Ese que al inicio de la oración no funciona como pronombre interrogativo, sino como conjunción que introduce una subordinada (cuya oración principal está omitida), luego, en este caso, no lleva tilde.

Ante esta atrocidad –así la considero, pues coarta la proyección de un alumno por una torpeza– lo primero que me viene a la cabeza es la injusticia que comete la profesora.

Y lo segundo que me asalta, y esto ya me aterra, es la enseñanza que procura a sus alumnos. Ella, espejo y modelo para muchos, enseñante, no domina la gramática. Este ejemplo que aquí traigo no pasa de peccata minuta si queréis, pero cabe inferir que este error no es el único cometido por ella. Un profesor debe manejar la ortografía con absoluta soltura y pleno conocimiento de la materia.

Creo, honestamente, que quienes nos dedicamos a la docencia, a la escritura, a la corrección, etc., tenemos la obligación de dominar el vasto racimo de campos que conforman la lingüística, con especial hincapié en la ortografía. Y no solo eso, sino que debemos transmitirlo correctamente, pues somos espejo para muchos y de nosotros depende el conocimiento y la pericia lingüística que adquieran.

Aprovecho el epílogo de este artículo para aclarar el título del mismo. Por una asimilación lógica del singular con el plural, examen arrastra para sí la tilde del plural. Esta explicación se la regalo a todos aquellos que cometen este fallo, para que sepan, al menos, de dónde viene su error.

¿Acaso no es la enseñanza un  pilar básico a partir del cual se sustenta todo?