Voy a intentar escribir algo amable, ligero, liviano… pero no sé, me temo que no seré capaz. Veréis, queridos lectores; adoro la escritura y la lectura, amo los libros y los momentos adornados por ellos. Y me apasiona todo el proceso, no solo el resultado; esto es, desde que alguien decide que va a escribir un libro hasta que por fin consigue que un anónimo lector lo tenga en la mano y decida adentrarse en él, arrojarse a él. Poner su tiempo y su voluntad, doblegado, en las páginas de ese libro.

Admiro, por tanto, a quienes escriben un libro y, además, se lo publican. Pero esa admiración no es incondicional, porque igual que viene, se va… No sé qué odio más, si empezar a leer y ya desde la primera página encontrar faltas de ortografía o que me den golpecitos en el brazo mientras me hablan. No lo sé, ahí, ahí está la cosa.

No diré nombre ni título, pues no pretendo herir sensibilidades. Pero eso sí, cuando consiga terminar de leer el libro que tengo entre manos, enviaré la correspondiente nota a la editorial y a la escritora.

Además, para mayor escarnio, el libro va de correr… De cómo iniciarte en el noble arte de correr, de cómo hacer deporte puede devolverte la ilusión que creías perdida para los restos; de cómo correr puede cambiarte —para bien— la vida que veías anodina; de cómo, incluso, una dañada relación de pareja puede verse reverdecida…

Ingredientes, todos ellos, muy atractivos para componer un buen menú veraniego con su primer plato, su segundo plato, bebida y postre o café. Permitidme aquí una digresión: tener que elegir entre café o postre para evitar un incremento en el precio del menú es de sitios cutres.

En definitiva, me duele leer un libro cuyo mayor mérito hasta ahora (me queda la mitad ¡todavía!) es el de concluir una página sin falta ortotipográfica o similar. Ni tan siquiera domina la escritora el difícil arte de cortar/pegar, pues te encuentras con anacolutos incongruentes, permítaseme la redundancia, producto simplemente de una imperdonable falta de atención más que de una impericia literaria y lingüística, también, estas, en su haber. Por desgracia, esta mala praxis no es un hecho aislado, ojalá lo fuera.

Desconozco la vida, obra y milagros de la escritora, ni sé siquiera si lo es (intuyo que no). Ateniéndome al prólogo que ella misma escribe, es atleta y entrenadora de atletismo. Aventuro, por tanto, que es una entusiasta del atletismo que se ha lanzado —al abismo— y ha escrito un libro. Plausible, de acuerdo, pero no por ello podemos permitir que unas letras cualesquiera profanen un espacio que no se han ganado; el de una librería, por ejemplo, el de una biblioteca o el de mi salón.

Y tras ella, responsables también, la retahíla de profesionales que deberían haber advertido todas las manchas que habitan y ensucian este libro.

 

Texto y voz: David Díaz

Música: Christian Martín (guitarra) con Recapacitar