En una época en la que los roles sociales  se travisten como políticamente correctos, la Escuela se ve compelida, sea por fuerza de ley o por personalismos varios, a incorporar prácticas y filosofías ajenas a su patrimonio atávico, instituido desde hace mucho y acreditado hasta muy poco. Ya no se considera la figura del profesor como paradigma de conducta y conocimiento. Contrariamente, en muchos casos, su capacidad de hacer bien todo para el que se ha preparado suscita dudas, siendo igualmente frecuente la necesidad de llamar a alguien de fuera con el fin específico de arbitrar sobre su legítima autoridad pedagógica en clase. Atrapado entre lo que ha aprendido y las demandas extraordinarias que se le asignan, termina por sobrecargarse con un sinfín de tareas y obligaciones, dejando aparte lo que tan solo a él le cabe: enseñar en el espacio de la Escuela. Lo más interesante es que, a cada nueva teoría profetizada en los reductos académicos, todo se derrumba, y vuelve el profesor al marco cero del recorrido, como si no hubiera sido válido lo hecho antes. Tan pronto asoman las novedades, empiezan las cobranzas, las críticas, los rótulos. Su competencia es cuestionada, pese al diploma y a la experiencia. De cemento en la construcción del ser social, se ve convertido en elemento desechable, sustituible o remplazable por alguna tecnología de turno. Y con eso los alumnos van perdiendo la capacidad de decir y escuchar organizadamente, pues ya no aceptan la intervención del profesor como algo fiable. Se aburren fácilmente. Intolerantes, miran su entorno, pero no se reconocen como reflejo de un mundo que impone las reglas del juego sin antes tener el pudor de preguntarles si quieren tomar parte en eso. Reproducen a la perfección el discurso abrumador que defiende la garantía irrestricta de derechos, exenta de obligaciones. A ellos no les hace falta un interlocutor culto para presentarles el camino, sino un animador de espectáculos, versado en muchas artes, capaz de entretenerlos durante las largas horas de confinamiento en la escuela.

¿En qué momento, no me acuerdo bien, ha dejado el profesor de ser un modelo? ¿Por qué eso ha sucedido? ¿A qué intereses responde tal fenómeno de depreciación? ¿Qué clase de milagros le tocará producir para que la sociedad pueda rehabilitarse sin que cada cual  haga lo que le toca? A ello contestarán las generaciones venideras, fruto de este tiempo que proyecta la imagen del mundo al revés.