Puede que hayan pasado ya más de diez años, pero de cuando en cuando vuelvo a acordarme del trabajo de una estudiante de español que me impactó y me hizo reflexionar bastante.

Yo había pedido para casa una redacción de tema libre y, a la hora de corregir, recuerdo bien que el texto de esta alumna me dejó impresionado por la dramática historia que narraba. Resumidamente, ella me contaba que algunos años atrás había viajado con su marido a Portugal de vacaciones, y que, en este país, los dos fueron raptados y pasaron por un infierno hasta recuperar la libertad.

Cuando al siguiente día de clase le devolví a esta joven su trabajo corregido y le comenté la conmoción que me había causado su texto, la estudiante respondió entre risas que el contenido de su relato era enteramente ficticio… Pasé los días siguientes dándole vueltas al asunto e intentando averiguar qué me había hecho tomar la historia por verdadera, y acabé encontrando al menos dos motivos:

El primero de ellos es que esta ficción me sorprendió en un lugar inesperado: normalmente sabemos reconocer la narrativa de ficción porque la encontramos donde se supone que debe estar: en determinados estantes de las librerías, en las salas de cine, en las series de TV. Tanto la ficción literaria como la cinematográfica establecen previamente con el público un “pacto de ficcionalidad” que consiste en avisar al lector/espectador de que se encuentra ante una obra de la fantasía, solo que este, para disfrutar plenamente de la historia, ha de intentar olvidar que sabe que lo que va a ver o leer no ocurrió en realidad. ¡Toda una sutileza de la cultura! En la comunicación convencional, evidentemente, no se da un pacto de ficcionalidad sino, en todo caso, se da por supuesto lo inverso, un “pacto de veracidad”, o la “máxima de calidad” de Grice: presumimos que lo que nos cuentan es verdadero.  Si algún tipo de instinto nos llevara a desconfiar siempre de los demás, si a priori todos consideráramos que todo el mundo miente siempre, la comunicación perdería su sentido, resultaría imposible organizarse socialmente y desarrollar una cultura. Como vemos, las civilizaciones se fundamentan en la confianza en la comunicación.

Lamentablemente, sabemos que las ficciones no se limitan a quedarse en los lugares donde conseguimos reconocerlas, sino que lo inundan todo, retransmitiéndose constantemente como si fueran verdades. Y es que, casi siempre, estas ficciones que conforman buena parte de nuestra cultura se consideran verdades de buena fe. Hay falsedades no intencionadas en los libros de Historia, en los discursos religiosos y científicos, en los trabajos académicos y en las conversaciones informales, en las sentencias judiciales y en los noticieros de televisión.

Más lamentablemente aún, sabemos que existen las mentiras premeditadas y las medias verdades, disfrazadas y agazapadas en todo tipo de textos y géneros discursivos, con la intención de manipular deshonestamente a los demás. Entre todos los tipos de textos posibles, hay algunos particularmente prestigiosos, y por lo tanto más verosímiles, como puede ser el artículo científico (especialmente si está escrito en inglés…) pero el texto que consigue una repercusión social más amplia e inmediata es probablemente la noticia periodística, lo cual la hace muy atractiva para los manipuladores de masas. Los medios tradicionales no se libran de incluir de cuando en cuando noticias falsas o sesgadas, pero pueden ser denunciados por ello, mientras que el anonimato y la correspondiente impunidad de las redes sociales ha originado el fenómeno, muy difícil de controlar, de las fake news.

El segundo motivo que me hizo creer en la historia de la estudiante fue su estilo: el texto imitaba perfectamente las particularidades de las narraciones autobiográficas e incluía detalles muy concretos que dotaban al escrito de una verosimilitud aún mayor. Además, no presentaba características típicas de la narrativa de ficción, como pueden ser un título o la presencia de diálogos.

Decía Oscar Wilde que “la verdad es absoluta y enteramente una cuestión de estilo”, frase humorística de fondo tristísimo, con la que nos gustaría no estar de acuerdo. Siguiendo este razonamiento, si hay un estilo que conviene conocer bien para aparentar la verdad, si hay un estilo con especial poder para influir sobre un gran número de personas, ese es el estilo periodístico, que analizaré en el próximo post con la esperanza de probar que el estilo no debe confundirse con la verdad.