Noticia falsa y desatinada de un suceso, esparcida entre el vulgo. El bulo de toda la vida, vamos.  Desde este rinconcito del mundo invito a que los hablantes de español utilicemos este término en lugar del extranjerismo “fake news”. Las mentiras siempre han existido. Por desgracia, siempre existirán. ¿Por qué nos empeñamos en importar y dar cabida a un anglicismo cuando ya tenemos nuestro propio término? No.

No se trata de un deseo únicamente mío como profesora de Lengua española, es la recomendación de la RAE. El término “fake news” está cada vez más extendido en un mundo en el que cualquier hijo de vecino juega a ser periodista y hasta se cree serlo. Es la era de la “pos verdad”. Qué ridiculez. Los propios medios de comunicación social, incluso los que tienen cierta solvencia y prestigio, lo adoptan y lo emplean con absoluta y pasmosa naturalidad. Tampoco vale calcarlo, traducirlo: falsas noticias. No.

Y no es no. Se nos ha olvidado tan rápido aquella lección latente en el proverbio hindú: <<Si abres la boca para hablar, procura que tus palabras valgan más que el silencio>>. Ah, el silencio. Parece que ahora estar callado no es posible, parece que lo que se lleva es mentir en vez de callar. Qué cosas.

Cuando por contagio nos empeñamos en usar términos ajenos a nuestro español lo único que estamos haciendo es empobreciendo nuestro idioma. La riqueza estriba precisamente en mantener lo que ya tenemos. ¿Recuerdan ustedes los “mentideros” De la Villa de Madrid? Nos remontaremos al siglo XVIII, momento en el que en la capital de España existían unos enclaves fijos donde los madrileños se reunían para conversar, compartir informaciones pero también chismorreos. Muy famosos eran el del Barrio de las Letras en la calle León o el de la Puerta del Sol. Aquellas gentes practicaban ya en el siglo de oro español un primitivo periodismo oral que pronto se fue impregnando con paparruchadas varias. Y de aquellos polvos vienen estos lodos. Trump y toda su corte no han inventado esto de engañar. Las “fake news” no son nada nuevo en nuestras letras salvo una expresión ciertamente desatinada. No son un invento moderno propio de la era de Twitter y demás enredos sociales. Nos creemos muy modernos cuando empleamos la expresión. A mí me gusta ir a contra corriente. Llámenme antigua. Paparrucha. Es que nuestra palabra es hasta mucho más sonora. Con más garra. Pero claro, igual lo que interesa es diluir el contenido de las paparruchadas y hacerlo tan soluble que sin mucho esfuerzo se filtre y cale, hasta parecer verdad.