Es obvio que las lenguas sirven para comunicarnos y entendernos. O así debería ser. Pero no es raro que a veces las palabras nos confundan, incluso que nos transmitan mensajes contrarios a la intención original de quien nos habla. A veces la lengua nos tiende pequeñas trampas que suponen todo un reto para nuestra capacidad de comprensión. Pero también ocurre porque no siempre estamos lo suficientemente receptivos a otras formas de expresión (otros idiomas, otras variantes, otros registros de lengua).

Aprender lenguas extranjeras ha pasado en los últimos tiempos de ser algo interesante y formativo a ser una necesidad, casi una obligación, debido a que las relaciones internacionales son muy intensas, especialmente por motivos económicos, aunque también culturales y personales. Por eso ahora se estudia inglés, e incluso en ocasiones una segunda lengua extranjera, ya desde el inicio de la educación primaria, lo que les facilitará las cosas a las próximas generaciones.

De todas formas, por mucho que consigamos un buen nivel de competencia en un idioma extranjero, nos vamos a encontrar con frecuencia con dificultades que nos pueden poner en situaciones complicadas si nos basamos en expectativas que parten de nuestra propia lengua.

Por ejemplo, ¿por qué será que en inglés la palabra actually no significa “actualmente” sino “en realidad”? Y ¿por qué dramatic no quiere decir “dramático” sino “espectacular”? A mis alumnos de portugués les cuesta mucho admitir que los mecánicos trabajan en una oficina. Y más de un empresario europeo se habrá visto comprometido al hacer sus números cuando en América le hablan de billions (o bilhões en Brasil), porque no es lo mismo que “billones” (o billions) en Europa, donde la palabra se refiere a un millón de millones, no a mil millones.

Cuando en los años noventa del siglo pasado ciertas empresas multinacionales pusieron de moda a los “ejecutivos agresivos” se empezó a generalizar la expresión para referirse a ciertos profesionales que, en realidad, no andaban por las grandes avenidas de los centros financieros de la ciudad agrediendo u ofendiendo a nadie, ni suponemos que tampoco en sus lugares de trabajo. Hoy se habla también de un “banco agresivo”, o de una “campaña publicitaria agresiva”. Resulta que en inglés aggressive significa “dinámico”, “emprendedor”, “enérgico” y se aplica a personas o entidades con gran capacidad de iniciativa.

Pero no hace falta salir de nuestra propia lengua, el español o castellano, para encontrarnos ante cierta confusión por el uso en un país de palabras de significado oculto para los hablantes de otro país o región. La primera vez que un colombiano me dijo “¿Te provoca un tinto?” me quedé pensando con los ojos bien abiertos, sin saber qué responder. Nunca habría imaginado que un tinto no era un vino, sino un café.

Se trata, en fin, de curiosidades que tienen el objetivo de hacer reflexionar sobre la importancia de aprender idiomas pero, sobre todo, sobre la de querer entendernos con los demás. Todos tenemos la experiencia de haber comprendido a alguien que nos habla en una lengua desconocida, y al mismo tiempo, sabemos lo que es no entendernos con quien no nos interesa hacerlo, aun hablando español puro.