La vida conyugal está hecha de consenso y, más aún, de falta de consenso, que se da sobre cosas importantes, pero también sobre cosas cotidianas. En mis primeros meses en Brasil mi vida cambió mucho y conocí a muchas personas nuevas.

Así, cada vez que conocía a alguien nuevo, en el momento de la despedida esta persona me decía con el mayor convencimiento:
Aparece lá em casa! Pero ¿cuándo y dónde? La reunión siempre terminaba en una conversación conyugal.

–Fulana me invitó a la casa. Tengo que ir.

–¿Te invitó?

–Me dijo que fuera a la casa de ella.

–Te dijo que fueras, ¿cuándo?

–No me dijo.

–¿Te dio la dirección?

–No.

–¿Qué te dijo?

Aparece lá em casa!

–Entonces, no te invitó.

–¿Cómo que no me invitó si me lo dijo?

–Es que eso no es una invitación.

–Si no es una invitación, entonces, ¿qué es?

–Es una fórmula de cortesía para despedirse, una forma de terminar una conversación, pero nunca una invitación.

Y yo siempre me quedaba con la sensación de que estaba haciendo un desaire al no “aparecer” en la casa de la persona. Al fin y al cabo, para nosotros argentinos, una invitación es una invitación y no ir es una falta de educación, salvo que se tenga un buen motivo.

Con la repetición de las situaciones, empecé a entender el código: si no se decía día y hora y, si yo no sabía dónde vivía la persona, no me estaba invitando, ¡se estaba despidiendo! Sin embargo, en más de veinte años en Brasil, nunca conseguí decirlo…