En cierta ocasión escuché decir a una poeta que lo más propio de la poesía –su núcleo esencial– son las metáforas, y que estas consisten en descubrir vínculos inéditos entre las cosas; puentes que nadie había visto aún pero que estaban ahí, muy sólidos, tal vez desde siempre. Por ejemplo, si yo hablo de “un titilar de estrellas”, apenas estoy reproduciendo algo consabido por todos, un encadenamiento de conceptos habitual en el lenguaje cotidiano que no nos sorprende porque se limita a decir que las estrellas actúan como les es propio: titilando. “Un titilar de estrellas” es como “un ladrar de perros”, y entre “titilar” y “estrellas” existe una unión conceptual tan fuerte y aparentemente indestructible como la que hay entre “ladrar” y “perros”. Ahora bien, por juego, por accidente o movido por una oscura intuición, el poeta consigue romper estas moléculas conceptuales y recombinar sus partículas formando elementos nuevos. Así, cuando el poeta escribe “un titilar de grillos”, está afirmando que entre el canto rítmico del grillo y el brillo parpadeante de la estrella existe algún tipo de comunicación secreta, un diálogo cifrado, e incluso una identificación, como si las estrellas fuesen grillos lejanísimos.

Pues bien: nuestra lengua de todos los días está trufada de metáforas de autor desconocido que tuvieron tal éxito en su día que pasaron a incorporarse al habla común y que, de tan repetidas, se tornaron invisibles. Los ejemplos son innumerables y, apenas en la oración anterior, cuando menos “lengua” y “trufada” son expresiones claramente metafóricas. Las palabras van desdoblando sus significados mediante la analogía, y así los diccionarios van creciendo en acepciones nuevas. La lengua está viva, y uno de sus mecanismos de variación y crecimiento es la metáfora, directamente vinculada a la creatividad.

Algunas de estas metáforas invisibles del día a día son discretas obras maestras sin autor que circulan de boca en boca enriqueciendo el lenguaje común. En este sentido, últimamente me han llamado la atención dos expresiones idiomáticas que me parecen de una creatividad formidable:

Por un lado, cuando alguien muestra su enfado mediante un gesto facial, decimos que frunció el ceño, y en principio no nos pasa por la mente que esta expresión provenga del mundo de la costura. Pero, en efecto, hacer un fruncido supone ajustar o adornar un vestido en algún punto con pequeños pliegues u ondulaciones de la tela, de la misma manera que la persona que se enfada suele “adornar” su entrecejo con pequeñas arrugas.

La otra expresión, igual de común pero conceptualmente mucho más compleja, es dejarse algo en el tintero: cuando en un escrito, pero también en una reunión, se discuten todos los asuntos previstos, alguien puede decir: “Creo que no nos hemos dejado nada en el tintero”. Sin embargo, cuando el tiempo se queda corto, podremos escuchar: “Nos hemos dejado varios asuntos en el tintero”.

Esta expresión ya aparece en 1739 en el Diccionario de Autoridades, de manera que tiene varios siglos de vigencia, y proviene de hecho del tiempo en el que era común escribir mojando la pluma en un tintero.  La idea singularísima, el sofisticado concepto barroco, supone considerar que el tintero está lleno de asuntos y palabras, condensados en forma de negra tinta, y que lo que se hace con la pluma es extraer palabras del tintero y extenderlas sobre el papel, desenredándolas.

La lengua coloquial está llena de imágenes extraordinarias escondidas por la repetición y el automatismo. Invito a los lectores del blog a compartir en los comentarios sus metáforas invisibles preferidas.