“Luego me explicó cómo era la flauta. Dijo que era al revés de las demás y que había que tocarla en medio de un gran estruendo, porque en lugar de ser, como en las otras, el silencio, fondo, y el sonido, tonada, en esta el ruido hacía de fondo y el silencio daba la melodía. La tocaba en medio de las grandes tormentas, entre truenos y aguaceros, y salían de ella notas de silencio, finas y ligeras, como hilos de niebla”.

(Rafael Sánchez Ferlosio, Alfanhuí)

 

En culturas como la latina, en las que hay aversión al silencio, en las que el silencio provoca un extraño desasosiego cuando aparece, de manera que se persigue y elimina al instante con cualquier comentario (“¡Ha pasado un ángel!”; “¡Por favor, no habléis todos a la vez!”), en culturas ruidosas como la latina, en fin, posiblemente el silencio tenga una especial carga significativa, una inusitada potencia para comunicar, al igual que, sobre el estruendo continuado de la tormenta, destacaban las notas de silencio de la flauta mágica que inventó Sánchez Ferlosio para su maravillosa novela Industrias y andanzas de Alfanhuí.

El silencio ha empezado a ser estudiado recientemente desde la pragmática y como forma de lenguaje no verbal[1], pero aún no ha habido intentos de integrarlo en una gramática de corte tradicional. Sin embargo, algún día habría que considerar que, en el seno de un discurso, el silencio tiene valor de signo lingüístico: un signo de significante 0 pero con indudable y profundísimo significado. Habría que discutir si la ausencia de significante (de sonido) destierra al silencio del lenguaje verbal o si hay que pasar a estudiarlo como parte integrante de este. Si el lenguaje verbal es esencialmente un encadenamiento de sonidos con significado, ¿por qué rechazar los silencios que forman parte de la misma cadena y encierran riquísimos significados, llegando a cambiar el curso de las palabras posteriores?

En cualquier caso, aceptar la capacidad de comunicar del silencio conduce al enorme e interesantísimo problema de estudiar todo lo que puede expresarse al callar. Frente a los ya tradicionales “actos de habla” hay que pasar a considerar los “actos de silencio” que ya comentan los especialistas.

Interpretamos los silencios por el contexto verbal y situacional y, si nos es posible, nos apoyamos en la expresión facial del silencioso para adivinar sus emociones, de manera que Carlos Edmundo de Ory tenía bastante razón cuando decía que “El silencio es políglota”, pero no se puede decir que el silencio sea totalmente universal y unívoco, que no varíe según las culturas: sin duda, en alemán y en portugués de Brasil se calla de manera muy diferente.

Resulta gracioso pensar que en los manuales habría que incluir actividades de silencio, en las que se enseñase a callar en español. Pero habría que incluirlas.

Diego Chozas

 

[1] Está accesible en internet, por ejemplo, la tesis doctoral de Rosa Mateu Serra, El lugar del silencio en la comunicación (2001).