Cuando hablamos de lenguas, hay que tener mucho cuidado con los adjetivos que les atribuimos. Que los adjetivos también los carga el diablo. La lingüística moderna, en su esfuerzo positivista por describir las lenguas en términos formales, evita, con sensatez, los calificativos. No hay lenguas feas ni bonitas, ricas ni pobres. Como dicen los lingüistas brasileños Carlos Alberto Faraco e Ana Maria Zilles, todos los idiomas y variedades lingüísticas se caracterizan por tener plenitud formal, es decir, organización estructural marcada por las regularidades, y potencial semiótico, o sea, capacidad para expresar todo lo que sus hablantes quieran o puedan expresar.

Hablar, por ejemplo, de “lenguas de comunicación internacional” o de “lenguas minoritarias” no significa hacer una categorización a partir de características intrínsecas de los idiomas, sino referirse a condiciones contextuales concretas y contingentes. El idioma español, por ejemplo, es esas dos cosas. Al mismo tiempo. Es, sin duda, una lengua internacional, oficial en varios países y usada en organismos internacionales; cuenta, además, con un número alto de aprendices entre los hablantes de otros idiomas. Pero es también una lengua en situación minoritaria en los Estados Unidos, sin ir más lejos. O en Puerto Rico. Allá donde enfrenta, en su uso social, la hegemonía del inglés. Que también fue una lengua “rústica” (y debe seguir siéndolo en los labios de un pastor de ovejas irlandés o de un cowboy texano), antes de dominar el mundo junto con Hollywood, el Cuerpo de Marines y la Coca Cola.

Las representaciones sobre las lenguas como objetos concebidos socialmente pueden ser muy diversas e, incluso, contradictorias. La enseñanza de la lengua española, por ejemplo, fue una de las víctimas del golpe parlamentario de 2016 en Brasil. Se cayó del currículum escolar ese mismo año, en septiembre, cuando una “Medida Provisória” determinó la derogación de la ley 11.161/2005, que obligaba a los gobiernos de los Estados a ofrecer la asignatura de español en la Enseñanza Media. La misma MP, que luego se transformó en ley, modificaba la propia LDB (Lei de Diretrizes e Bases), que regula la educación en Brasil, para imponer la oferta obligatoria de inglés en todos los centros de estudios. Antes de eso, la LDB dejaba que fueran las comunidades escolares las que eligieran la lengua extranjera a ser enseñada, aunque ya hace mucho que el sintagma “lengua extranjera” era leído por secretarios de educación, políticos de todos los colores y electores de todas las tendencias como sinónimo de “lengua inglesa”.

La reforma neoliberal de la enseñanza media, que debía estar guardada en algún cajón lista para ser disparada, sin debate social, sin que fuera presentada en ningún programa electoral, fue aplicada por el gobierno de Michel Temer a la primera oportunidad. Le sobraba el español y prefería consagrar el inglés, instituyendo su obligatoriedad por ley. Como consecuencia de esa medida, el español desapareció de la (también aprobada a toda prisa en 2017) Base Nacional Comum Curricular (BNCC) y del Programa Nacional do Livro Didático (PNLD). Las causas de esa eliminación sumaria del castellano se centran en dos ejes, creo yo. Uno es el neoliberal, que defiende la lógica del inglés como lengua global de los negocios, en un sistema de enseñanza basado en la instrucción mas que en la educación, en el que sobra el pensamiento crítico y todo proceso destinado al desarrollo libre de las subjetividades. Otro es el económico-estratégico, que desdeña el Mercosur y los acuerdos con los países latinoamericanos y se entrega al mercado estadounidense. No es que esa opción de mercado se materialice con los niños y las niñas brasileñas aprendiendo sólo inglés en los colegios, pero una medida política de ese calibre escenifica tal interés. Volvemos a dar la espalda a nuestros vecinos sudamericanos.

La victoria electoral, en condiciones más que dudosas, de la extrema derecha bolsonarista, ha intensificado aún más ese panorama. Una de las primeras medidas de ese gobierno fue retirar, o anunciar la retirada, del símbolo del Mercosur de los pasaportes brasileños. Le siguió la retirada abrupta del país de la UNASUR, y la permanente y violenta descualificación discursiva de toda Latinoamérica.

Nadie duda que el castellano era el idioma de Simón Bolívar, el libertador de las Américas, héroe de la independencia frente al imperio español. ¿Eso significa que sea un idioma bolivariano? Por supuesto que no. Sin embargo, vean esta simple asociación de ideas que perturba las mentes ya perturbadas de la extrema derecha: para ellos es evidente la relación entre el español y la República Bolivariana de Venezuela, así como la que existe entre Venezuela y el chavismo, y entre el chavismo y la izquierda latinoamericana que, como dicen los memes reaccionarios que gravitan en las redes asociales, se reúne en tenebrosas organizaciones como el Foro de São Paulo con el perverso objetivo de instaurar la esclavitud socialista aquí en el sur del continente americano. Así, de eslabón en eslabón, en una construcción argumentativa delirante, de esas que se estilan en determinados barrios de internet y en despachos presidenciales, se acaba formando una cadena que une el idioma castellano a una supuesta amenaza comunista en América Latina (¿y qué lengua hablará la derecha del Cono Sur?).

Ya ven, mientras la extrema derecha española concibe el español como un idioma de gente bien, de sociedad ordenada y homogénea, como una lengua patriótica que salvará al país de la disolución, riesgo sempiterno por causa de los nacionalismos catalán, gallego y vasco, que se empeñan en hablar otras lenguas, para la extrema derecha brasileña el español es un idioma disolvente que amenaza a la patria, un idioma de indios y barbudos o bigotudos izquierdistas dispuestos a romper fronteras para fundarte, a poco que te despistes, la Unión de Repúblicas Socialistas de América Latina (URSAL) y mandar a todos los honrados padres de familia, naturalmente misóginos y homofóbicos, a una Siberia tropical de localización aún indeterminada.

Parece locura, ¿verdad? Ahórrense los adjetivos.