«Errare humanum est». Así dicta aquella frase latina que alude a la naturaleza intrínseca del ser humano: cometer errores.

Tradicionalmente, en el campo de la enseñanza de segundas lenguas, el error ha sido satanizado y tratado como un problema que había que resolverse en el acto e in situ.

Posteriormente, su estudio promovió el surgimiento de nuevas líneas de investigación, tales como el análisis de contrastes (Lado, 1957) y el análisis de errores (Corder, 1967), de donde devino el concepto de interlengua (Selinker, 1969, 1972), esto es, un proceso de reestructuración lingüística que el aprendiz de una L2 llevaba a cabo, el cual le permitía adquirir una competencia transicional entre la L1 y la L2, donde los errores eran predecibles (Manga, 2011).

De esta manera, el análisis de errores, pese a las críticas, creó un mundo de posibilidades tanto para el profesor de lenguas extranjeras como para el alumno, brindando información valiosa que favorecía la predicción y prevención de las dificultades e interferencias lingüísticas durante el proceso de aprendizaje.

Hoy en día, el Instituto Cervantes señala que el error es un «factor inevitable en el camino hacia la aprehensión del sistema lingüístico y ofrece a los alumnos la posibilidad de ensayar hipótesis y modificar sus propias actuaciones, al tiempo que les permite evaluar su propio proceso de aprendizaje».

En definitiva, debemos asumir que el error en la clase de español de hoy es más bien una oportunidad de aprendizaje —nunca un problema—, que nos ayudará a lograr la meta más preciada para un estudiante de español: comunicarse sin límites ni temor a equivocarse.