«Errare humanum est». Así dicta aquella frase latina que alude a la naturaleza intrínseca del ser humano: cometer errores.

Tradicionalmente, en el campo de la enseñanza de segundas lenguas, el error ha sido satanizado y tratado como un problema que había que resolverse en el acto e in situ.

Posteriormente, su estudio promovió el surgimiento de nuevas líneas de investigación, tales como el análisis de contrastes (Lado, 1957) y el análisis de errores (Corder, 1967), de donde devino el concepto de interlengua (Selinker, 1969, 1972), esto es, un proceso de reestructuración lingüística que el aprendiz de una L2 llevaba a cabo, el cual le permitía adquirir una competencia transicional entre la L1 y la L2, donde los errores eran predecibles (Corder,1967; en Griffin 2011: 93).

De esta manera, el análisis de errores, pese a las críticas, creó un mundo de posibilidades tanto para el profesor de lenguas extranjeras como para el alumno, brindando información valiosa que favorecía la predicción y prevención de las dificultades e interferencias lingüísticas durante el proceso de aprendizaje.

Hoy en día, el Instituto Cervantes señala que el error es un «factor inevitable en el camino hacia la aprehensión del sistema lingüístico y ofrece a los alumnos la posibilidad de ensayar hipótesis y modificar sus propias actuaciones, al tiempo que les permite evaluar su propio proceso de aprendizaje» (1994:98).

En definitiva, debemos asumir que el error en la clase de español de hoy es más bien una oportunidad de aprendizaje —nunca un problema—, que nos ayudará a lograr la meta más preciada para un estudiante de español: comunicarse sin límites ni temor a equivocarse.