No hay duda de la importancia de la formación inicial y permanente del profesorado, así como su continua motivación e incentivación. En lo que se refiere a dicha formación uno de los aspectos que se destaca se refiere a la necesaria coherencia entre la práctica y la teoría, es decir, la competencia profesional acorde con una sólida base teórico-metodológica. Siendo así, en los cursos de formación de profesores solemos tratar de diversos temas relacionados con la didáctica de lenguas y, por supuesto, no nos olvidamos de los principales métodos y abordajes que sirven de norte para la enseñanza y el aprendizaje. Enfatizamos las diferencias existentes entre los distintos métodos, analizando sus bases y sus presupuestos teóricos,  o sea,  las teorías lingüísticas, de enseñanza y de aprendizaje que sostienen los métodos. Diciéndolo de otro modo, tratamos de determinadas  teorías acerca de qué se entiende por lengua, cómo enseñarla y cómo aprenderla. Son muy conocidos los métodos del tipo gramática y traducción, directo o de base estructuralista. En cuanto al enfoque, llamamos la atención hacia el hecho de que contiene unos determinados principios teóricos, pero que sería más flexible en lo que se refiere a su puesta en marcha, ya que admitiría más libertad de acción que el método o métodos y como ejemplo mencionamos el enfoque comunicativo.

Teniendo en cuenta lo antedicho, hacemos hincapié en cómo se configuran los distintos procesos de adquisición, aprendizaje y enseñanza o qué aportan o han aportado los métodos de enseñanza de lenguas o qué constituye un enfoque determinado. Sin embargo, muchas veces no nos damos cuenta de que hay un modo particular de entender la enseñanza y el aprendizaje y aquí me refiero en concreto a  nuestras creencias sobre qué es la lengua,  cómo la aprendemos y cómo la enseñamos. Esas creencias juegan un papel decisivo en el modo cómo definimos los papeles de los participantes del proceso, sea de los alumnos, sea del profesor; en la manera cómo seleccionamos los contenidos, definimos objetivos y actividades y tareas y cómo los llevamos a cabo; en el modo cómo evaluamos y corregimos; en el modo cómo tratamos los aspectos interculturales; en el modo cómo entendemos la gramática, la diversidad y la pluralidad lingüísticas, por ejemplo. En resumen, las creencias acaban por orientar muchas de las decisiones que tomamos y tienen repercusiones en la enseñanza, en el modo cómo configuramos nuestras clases.

Por lo tanto, al mismo tiempo en que  tratamos los distintos aportes que las teorías lingüísticas, de enseñanza, de aprendizaje y/o de adquisición de lenguas proporcionan a la formación de profesores, hace falta que tengamos presente ese universo de las creencias.  Así conocer en qué consisten tales creencias y qué consecuencias tienen en la  práctica es fundamental para la formación de un  profesional crítico y reflexivo. De ese modo, es necesario que observemos que muchas acciones y decisiones  resultan o pueden resultar  no solamente de nuestros conocimientos teóricos y metodológicos, sino también de nuestras creencias; y, de ahí, la relevancia de comprender el peso que tienen las creencias y sus impactos en los procesos de enseñanza y aprendizaje.