Seguramente, en el imaginario pedagógico de todos los profes (no importa en qué curso impartan sus clases), hay figuras y situaciones que son corrientes y que han adquirido un status casi mitológico en lo que concierne a las experiencias oriundas de la vida en la escuela. Me refiero específicamente al ideal casi ingenuo de que, para un examen, la absoluta totalidad de los alumnos hubiera estudiado hasta agotarse y que a ninguno de ellos le hubiera sobrevenido, siquiera por un destello de inmoralidad o intento de burlarse al profe, la idea de copiar para, así, lograr un concepto satisfactorio o resultado que les salvara el cuello.

De hecho, cuando uno se plantea una evaluación formal, de esas que pueden poner en vilo un trimestre entero con tan solo algunas cuestiones, fantasea, además de las calificaciones positivas, estrategias para que a nadie se le ocurra defraudarle. Y es en ese momento de vaticinio, frente a un escenario de probable contienda, que el profesor busca reafirmar su autoridad, abastándose de radares y de un sexto sentido, comparable tan solo al de las madres, para pillar a los probables infractores. Papelitos, chuletas, tatuajes hechos en los últimos momentos con birome en  muslos y tobillos (estos últimos estratégicamente ocultos con los calcetines), en muñecas y palmas de manos, escritos criptográficos en paredes y pupitres, merodeos disimulados hasta la papelera con el justificado propósito de afilar los lápices, señas ejecutadas a la precisión con los dedos o cualquier otra parte del cuerpo discretamente visible, se consideraban evidencias jurídicas de un posible fraude. Sin embargo, hoy día los recursos para copiar han alzado a niveles jamás soñados por nuestros abuelos. Los puntos electrónicos, la mensajería móvil o las gafas con acceso a Internet (el Project Glass) han transformado las inocentes copias de antaño en anécdotas risibles, cosas de frecuentadores del Jardín de Infantes. Soluciones modernas para propuestas antiguas: la cobranza de la información por la información, sin que se establezcan relaciones de causa y efecto; la vacía memorización de datos; la repetición de discursos milenarios; los razonamientos modelares cuya estructura no admite reinvenciones o nuevos puntos de vista… ¿Qué pasaría si el copiar no fuera ilícito, sino parte del proceso de evaluación a que les sometemos a nuestros alumnos? Y si consideráramos que todos van, de alguna manera, a copiar en el test, ¿qué clase de instrumento tendríamos que elaborar para abarcar o acoger la copia como testimonio legítimo de que el alumno haya estudiado? Estos pensamientos se los dedico a Paulo César, estudiante ejemplar, que jamás ha copiado durante su estancia en los bancos escolares, y que sabe lo que le ha costado sobrevivir a todos los exámenes de su vida.