En el artículo anterior hablé un poco de las características de la traducción automática y de sus beneficios siempre que se emplee bien, como una pretraducción de determinados tipos de texto que luego el traductor (o poseditor) corrige para que el texto tenga una calidad aceptable. Sin embargo, hay algunos problemas relacionados con este uso. El primero es que a veces no está muy claro qué tipos de texto son viables para traducción automática y acaba resultando contraproducente emplearla, ya que se tarda más en poseditar que en traducir de cero. El traductor hace un esfuerzo mayor del que debería hacer y por el que se le paga. Por ese motivo, muchas veces la posedición se ve como una actividad poco agradecida.

Eso nos lleva a otras cuestiones problemáticas: para evitar que el poseditor se encuentre con textos de bajísima calidad y tenga que hacer un esfuerzo superior, la traducción automática debería usarse en conjunto con motores de traducción actualizados y retroalimentados con las propias traducciones poseditadas. Por otro lado, el poseditor debería recibir la información adecuada para poder corregir el texto –y todavía sería mejor si pudiera participar en análisis y experimentos para mejorar los motores de traducción, ya que sentiría que su trabajo contribuye al perfeccionamiento del sistema–. La pregunta es: ¿las empresas o agencias que gestionan proyectos con traducción automática tienen esta capacidad?

Otra cuestión discutible directamente relacionada a estas condiciones es la remuneración. Lo que se paga por palabra en posedición suele ser un 40% menos que en traducción. Sin embargo, la producción del poseditor puede llegar a ser hasta cuatro veces mayor que la del traductor –dependiendo del motor y del par lingüístico–, lo que significa que consigue hacer muchas más palabras y eso compensa la tarifa baja. Pero, claro, cuando el proceso no reúne las condiciones adecuadas, el poseditor acaba teniendo que hacer un esfuerzo superior al de traducir de cero y a un precio muy inferior, y es de eso de lo que se aprovechan algunas empresas cuyo único objetivo es la reducción de gastos.

Finalmente, aunque no por ello menos importante, tenemos la cuestión de la cualidad del texto final. Como mencioné en el artículo anterior, las empresas clientes y las agencias de traducción pactan el nivel de calidad que tiene que tener el texto traducido, que muchas veces es simplemente aceptable. Esto conlleva a que, con el uso creciente de la traducción automática, el concepto de calidad de la traducción –cualquier traducción– se redefina. Como las traducciones forman parte del sistema de una cultura, tenemos que cuestionarnos cuál será la cualidad de los textos –cualquier texto– en un futuro próximo.