Hace justamente veinte años fui a Brasil por primera vez. Un grupo de estudiantes españoles de Doctorado fuimos destinados al Instituto de Ciências Humanas e Letras (ICHL) de la Universidad Federal de Goiás para colaborar con los profesores de español y contribuir en la medida de nuestras capacidades a que los alumnos mejorasen su conocimiento de la lengua. Aprovecho para reconocer que, al menos en mi caso, la contribución fue mínima comparada con lo que profesores y estudiantes de la UFG contribuyeron a mi propio aprendizaje general en varios sentidos.

Para conmemorar de alguna manera este importante aniversario (a pesar del tango que afirma “que veinte años no es nada”, a mí me parece bastante) eché mano de un cuadernillo que se editó a propósito de nuestro paso por el ICHL con colaboraciones nuestras. Y tengo que decir que, al releer mi propio texto, no me reconocí mucho. Reivindicaba yo la necesidad de que el profesor adoptase una actitud rigurosa, algo radical tal vez, a la hora de “combatir” (nada menos) las interferencias, calcos, préstamos y traducciones literales tan frecuentes entre brasileños que aprenden español.

No es que con el tiempo me haya hecho defensora del portuñol. Pero hoy creo que todo el proceso se vería beneficiado si se tuviese más en cuenta la actitud del que aprende. Y en este sentido, me parece que la idea con que empezaba yo mi texto entonces es aún aprovechable en cierta medida (tal vez no la intención). Refería yo que la proximidad lingüística entre el portugués y el español hace que los hablantes de cada una de estas lenguas emprendan el estudio de la otra con una confianza excesiva, considerando las similitudes más que las diferencias. Lo cual es obvio, por otro lado. Y de repente recordé a una compañera que tuve en São Paulo quien, tras años como profesora de español en Europa del Este, al llegar a Brasil bromeaba: “¿Para qué les enseñamos español? ¡Si ya saben!” (entienden, se comunican incluso antes de estudiar la lengua, quería ella decir).

El caso contrario es el que se cuenta en el libro que estoy leyendo estos días, muy interesante a pesar del título. En “Aprende alemán en 7 días” el autor plantea el problema: infinidad de estudiantes de alemán fracasan tras meses de estudio, y ello por dos motivos: la ausencia de una buena técnica de aprendizaje (es justamente la técnica que él propone lo que me parece interesante del libro) y la motivación psicológica, que parte de un nivel frágil porque todo el mundo dice que aprender alemán es muy difícil. En conclusión, la clave está en la actitud. Aprender español puede ser fácil o difícil para los brasileños. Depende de los objetivos (muy diferentes para un futuro profesor de español, un intérprete o traductor o un turista) y de la propia actitud y motivación. Aprender vocabulario les resultará más fácil en español que en alemán. Pero los sistemas fonéticos del español y del alemán son más parecidos entre sí que los del español y el portugués, o el inglés. De ello se pueden sacar conclusiones.

Y esto…, después de veinte años. Sí, probablemente, no es nada.