Hace unos días les propuse a mis alumnos un nuevo proyecto. (Sobra decir que siempre que hablamos de proyectos se entusiasman). Salir de la rutina, del programa del curso, y crear se convierte de inmediato en un éxito garantizado. Aún no les había explicado el desarrollo de la actividad y ya los tenía embelesados escuchándome con atención. Los proyectos fascinan. Los retos estimulan. No hay fallo, siempre se convierten en el mejor vehículo para un aprendizaje instrumental e imperecedero. Perdurabilidad que se corrobora, con el paso del tiempo, los jóvenes a los que la vida te regala la suerte de volver a encontrar tras arrancar algunas hojas del calendario son capaces de recordar a la perfección estos momentos y sonreír. El entusiasmo del que hablo les envuelve tanto, tanto que da pena frenarlos por falta de tiempo para desarrollar las sesiones que se necesitan con objeto de hacer las cosas bien.

En esta ocasión la finalidad era el acercamiento a la creación poética ajustándola a ritmos y medidas por la vía de la adaptación de conocidas letras de canciones modernas. Una música tan diferente de mis preferencias, pero que ahora, tras haber llevado a cabo la actividad, no me puedo sacar de la cabeza, convirtió el asunto en una cuestión de valores y de causas nobles. Se me antojaba al oírlos sentir el eco de la canción protesta de Violeta Parra o Mercedes Sosa, la voz rasgada de Serrat cuando cantaba a Machado, o los temas de Jorge Drexler y de tantos otros que hicieron de grandes versos imborrables melodías.

Y es que la música y la poesía siempre han ido de la mano. Así nació a la vera de las liras griegas la poesía lírica allá por el siglo VII a. de C. Así continúa en nuestros días con letras tan canallas como las de un genial Sabina que tanto admira a los autores barrocos españoles a los que, por cierto, tanto les debe. A ellos, pero también a los románticos, a miembros de la generación del 27… Imborrable Donde habite el olvido de un mítico Bécquer que luego reinterpretará Cernuda y que el cantautor jienense convertirá en estribillo de una de sus más célebres composiciones. Ciento volando de catorce se convertirá en la excepción, son aquellos sonetos que el gran amigo de Chavela prefirió recitar y no cantar.

Pero volvamos a mis alumnos, que de ellos era de quienes estaba hablando. Ellos son los que consiguieron hace unos días, por la vía de la creación poética al hilo de conocidas canciones actuales vencer el miedo a la creación estética, al bloqueo inicial, y lejos de timideces, con trabajo cooperativo y muchas ganas, fueron surgiendo ocurrentes letras, críticas baladas, consejos escogidos, palabras aladas… Poesía cantada por voces tan blancas que eran capaces de proyectar los mejores deseos, cambiar nuestro mundo por otro “más bueno”. Lo mejor, la puesta en escena, en el teatro del centro, el acompañamiento con el piano. Canción, poesía y música en vivo. Interdisciplinaridad y magia.