Ya hablamos, en artículos anteriores, de la importancia del correcto uso del lenguaje para posibilitar una óptima comunicación. Pues bien, hoy quiero destacar otro elemento básico e imprescindible para que se dé esa comunicación perfecta: el lenguaje no verbal. Considero que la parte visible de un mensaje es tan importante como la parte audible.

Dentro del proceso comunicativo, ambos elementos ‒lenguaje verbal y lenguaje no verbal‒ son indispensables, esto es, cohabitan dentro del mismo marco de la comunicación. No seré yo quien anteponga uno ante otro, pues no se me ocurre pensar en una comunicación plena sin alguno de estos elementos. Sin embargo, una persona docta en la materia, científica para más señas pero cuyo nombre no recuerdo, en cierta ocasión, dijo: <<Las palabras pueden muy bien ser lo que emplea el hombre cuando le falla todo lo demás>>. Creo que se excedió en su apreciación, pero me gusta la idea.

Si lo que debemos procurar es alcanzar una competencia comunicativa solvente, que nos abra puertas en lugar de que nos las cierre, hemos de dominar tanto el lenguaje verbal como el no verbal.

¿Qué credibilidad nos ofrece, por ejemplo, una persona que se expresa con criterio pero que no nos mira a los ojos cuando nos habla? O peor, ¿que mira al suelo? Ninguna.

Cuando nos comunicamos, si queremos disuadir o persuadir, por ejemplo, tenemos que dotar al discurso de un lenguaje rico, solvente, bien construido pero, además, también tenemos que pronunciarlo de forma segura, convincente, que no ofrezca dudas a nuestro interlocutor. Paralelo a esto, nos encontramos con los gestos, que tienen que reforzar el mensaje y, en cierta medida, completarlo.

Todo este proceso debemos interiorizarlo, automatizarlo, para que nos expresemos de la manera más natural posible, y subliminalmente –si queréis– imbuir al receptor del mensaje de acuerdo a nuestro interés.

Cada vez que hablo, escribo o pienso cualquier aspecto relacionado con la comunicación, me viene a la mente la gran influencia que ejercen sobre las personas determinados colectivos, como pueden ser profesores o periodistas, por ejemplo.

Guardo en un rinconcito de mi memoria a todos aquellos profesores que me marcaron durante mi etapa como alumno en el instituto y en la universidad. Y lo que recuerdo de ellos, de su magisterio, no es el conocimiento que pudieran tener de la materia tratada, sino su capacidad para comunicarla. En la vertiente opuesta, por suerte o por desgracia ‒más bien por suerte, para saber lo que no tengo que hacer nunca‒, están aquellos profesores incapaces de apartar la mirada de los libros mientras explicaban; los mismos que convertían una maravillosa oportunidad de enseñar a unos alumnos ávidos de conocimientos en una sesión tediosa abocada al olvido.

La pasión mueve montañas, dicen. Y lo que yo digo es que como profesores (y comunicadores y enseñantes) tenemos la obligación de actuar apasionados con lo que transmitimos. Debemos tratar lo que podría pasar por un simple acto comunicativo como lo que realmente, a mi juicio, es: un acto único y maravilloso; y empeñar toda nuestra pericia para que, de manera vehemente, sedimentemos en el receptor siquiera una idea que le indique el camino hacia un nuevo deseo de conocimiento.