En el último post hablamos sobre las maravillas de un viaje en avión. Pero, como decíamos, el placer del viaje comienza en el avión y continúa (o no) cuando llegamos.
Nuestro destino de hoy es Dubai. Después de 14 largas horas, cinco películas y cuatro comidas a bordo, sin sentir las piernas, llegamos al Aeropuerto Internacional del Emirato. El avión ya mostró el caleidoscopio de razas que vuela hacia Oriente: indonesios, hindúes, chinos y más chinos. La inauguración de esta línea permite ir directamente a Oriente en una línea más recta sin pasar por Europa o América del Norte, lo que alarga el viaje en unas 12 horas más, sin contar atrasos, esperas por la conexión, aeropuertos cerrados y el sinfín de obstáculos que podemos encontrar en un viaje tan largo, sin contar el problema de las visas.

El avión aterriza y el aeropuerto es verdaderamente majestuoso: todo en mármol blanco con un hall enorme de dos pisos de altura. Los ascensores de acceso tienen el tamaño del dormitorio y de los antiguos (porque en los actuales, con suerte, entra la cama). Volviendo a Dubai, las medidas de seguridad en el aeropuerto sorprenden: los nativos pasan rápidamente mientras los extranjeros somos sometidos a un riguroso procedimiento de identificación por el iris del ojo, y ¡eso que teníamos visa! Era como una película de Tom Cruise en que los malos parecíamos ser nosotros.

No importa. Ya llegamos y ahora hay que disfrutar. Pero la próxima sorpresa es aún mayor: en plena noche estar al aire libre parece una sauna.

–¡Qué calor! –comentamos en la oficina de alquiler de coches, por supuesto, intentando hablar en inglés porque nadie habla español ni portugués por ese lado del mundo.

–¡No! Hace 35ºC a la noche y 40ºC durante el día. ¡Está fresco! La semana pasada sí hizo calor. Llegamos a 50ºC.

–¡Menos mal! –contesté mientras se me empañaban los anteojos del calor a las dos de la madrugada.