Observo a mi hijo de nueve meses, que ya gatea, y veo que, entre todos los objetos que tiene alrededor, se ve atraído únicamente por el más nuevo, por el diferente. Me digo que todos somos exploradores de nacimiento, que la curiosidad es una de las grandes fuerzas naturales que nos impulsan.

Se me ocurre que quien se acerca a una lengua extranjera tiene mucho de explorador del siglo XIX: el viajero y el estudiante pueden estar movidos por una necesidad práctica o por la sed de aventuras, pero en ambos casos van a entrar inevitablemente en contacto con lo Otro, experiencia que puede resultar transformadora.

Sea por motivos de trabajo, o por placer, el estudiante que entra en el aula de idiomas se dispone a emprender un peculiar viaje en el que se va a ver peligrosa y maravillosamente expuesto a otras visiones del mundo, en el que va a correr el bendito riesgo de, en un momento de despiste o de debilidad, en un traspiés, pasar a ser mínimamente otro, cambiar.

En los viajes físicos ya casi nunca ocurre esto: las multitudes de turistas que realizan viajes organizados recorren el globo a velocidades pasmosas (las paradas cronometradas) con la intención de fotografiarse frente al mayor número posible de los monumentos que se mencionan en las guías, acuciados por una especie de metas de productividad turística. Y es que la velocidad, el movimiento constante, es la manera más perfecta de permanecer solo, de salvaguardar al individuo. Sin embargo, quien estudia una lengua extranjera tiene la intención de detenerse a cada paso. Para hablar.

Además, lo cierto es que hoy en día, después de alcanzar los polos, las cumbres más altas y el corazón de las selvas ecuatoriales, al hombre ya no le queda más geografía por explorar. Los pioneros y descubridores ya solo pueden fijarse en el espacio exterior y aspirar a ser cosmonautas, o mirar al interior y dedicarse a ser espeleólogos… de gente. En efecto, en el mundo hay infinidad de personas por descubrir: las hay continentales, a las que dedicar toda una vida, las hay frondosas como la Amazonia, en las que es fácil perderse, las hay insondables como las fosas de las Marianas, de las que es difícil salir, y las hay también altivas e indomables como el Himalaya, que exigen lo máximo de quien quiera escalarlas. Alrededor de 500 millones hablan español. No hay viajes organizados para conocerlas, pero dicen que quien quiera conocer una tiene que hablar con ella, y escucharla.

Termino por hoy mi primera salida al Espacio (Santillana) proponiendo una aventura práctica: visitar un lugar muy poco conocido de España; el interior de una persona que se llama Fernando Alfaro y que inventó un extintor de infiernos. Se va por aquí:  https://www.rockdelux.com/audio-video/p/fernando-alfaro-extintor-de-infiernos.html