A Pancho

¿Te acordás de cuando éramos chicos y nos peleábamos? ¿Te acordás de que, cuando papá y mamá salían, me asustabas? Travesuras de chicos, pero no muchas: el control materno era muy estricto. En realidad, eran tiempos de controles muy estrictos tanto en el país como en la sociedad, en el colegio y en casa: no había mucho margen para salirnos de la ruta.

¿Te acordás de cuando fui a dar el examen de ingreso a la facultad en la que vos ya estudiabas y viniste conmigo para que no me perdiera? ¿Te acordás de que, a pesar de la diferencia de edad, nos recibimos casi juntos y juntos también hicimos todos los trámites para obtener el diploma? La vida nos llevó por caminos diferentes: la expectativa familiar era un peso para vos y te obligó a transitar por rutas que no querías recorrer. En la carrera de postas yo fui atrás, pero sin el peso de las ilusiones ajenas y sin tampoco seguir las propias, para encontrar un lugar al sol en la familia y también en el mundo. Al fin y al cabo, en aquella época tener un título universitario era una garantía de estabilidad económica para siempre. ¡Pobres ilusos! Mal sabíamos que la vida no le garantiza nada a nadie, excepto la muerte. El arte te atrajo y en la pintura te encontraste. No sabés cómo le agradezco al destino que hayas encontrado un espacio en el mundo donde nadabas dando grandes brazadas, pese a todas las dificultades por las que pasaste. Yo también encontré el mío, pero no fue definitivo como el tuyo y el castillo de naipes se cayó.

¿Te acordás cuando, ya adultos, la vida se nos iba complicando? Siempre nos quedaba el recurso de llamarnos uno al otro, como únicos sobrevivientes de un barco que ya se había perdido en la neblina de los tiempos. Te me fuiste sin que lo esperara. Extendí las manos, agarré fuerte las tuyas, pero se me deslizaron entre los dedos. Ahora solo quedo yo. ¡Te voy a extrañar mucho!